Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En febrero - 17 - 2010

Siempre me gustaron las historias donde la tragedia ondea libre al viento. Vamos allá.

Foto por R'eyes

Sus pasos resuenan huecos en la dura piedra de la torre. Baja los escalones de tres en tres y las piernas comienzan a temblarle de cansancio. El casco siempre le quedó algo grande, una enorme bellota verde sobre el cráneo, pero ahora es cuando más lamenta no haber pedido uno más pequeño a Intendencia. Los gritos comienzan a ser cercanos cuando alcanza el cuarto nivel, el segundo más alto.

Una explosión hace temblar la torre y de los escalones que techan su cabeza se desprenden pequeñas piedras comidas por los años. Más gritos y olor a carne quemada. Un silbido estridente le besa la oreja impactando directamente en el ventanuco que queda a sus espaldas. Siente la madera astillarse y crujir en una sinfonía rota por el plomo. Agarra su fusil y corre el cerrojo introduciendo una bala lista para hacer su trabajo. Apunta al espacio indefinido de una escalera en caracol vacía, desciende peldaño por peldaño como si el tiempo se hubiese quedado estancado en aquellas piedras milenarias. Otro silbido, esta vez le rasga la pernera caqui.

Por delante el rostro inexpresivo de un joven enemigo le mira confuso a los ojos. Sabe a quién tiene que matar pero no comprende el por qué. Con los años él ha aprendido el mecanismo de los engranajes que giran la gran máquina de la guerra, y por ello sabe que su vida depende de si mata o no a aquel joven muchacho. La elección no es fácil pero sí mecánica. Aprieta el gatillo y el resto es historia. De la boca del fusil una flor de fuego escupe con rabia el metal que atraviesa la piel y carne del muchacho, seguramente perforando algún órgano vital para darle una muerte lenta y agónica pero segura. Él se limita a no mirarle más porque sabe que le dejará huella, pasa por encima del cuerpo que se retuerce mientras forma una pequeña cascada escarlata.

Por fin llega al primer vestíbulo en el tercer nivel y lo que ve no le gusta mucho más de lo que acaba de experimentar. El gran salón de banquetes está dividido en tres sectores bien diferenciados; por una parte la puerta que da al segundo nivel y por donde llegan continuamente refuerzos enemigos. Enfrente de la puerta han tirado las enormes mesas de madera de roble para formar una perfecta barricada. El tercer y más lastimoso sector es una pequeña esquina cerca de donde está él, allí se parapetan los cuatro compañeros que le quedan con vida.

Una granada rueda a sus pies con un tintineo muy poco común. Se para al chocar con su bota y de una patada la manda por donde ha venido. La explosión le obliga a cubrirse detrás de una columna de piedra picada por los impactos de bala. El sudor le recorre el cuello y se pierde en su pecho sucio donde el corazón bombea sangre incesantemente al cerebro para poder planificar el próximo movimiento. Se asoma y dispara. El retroceso del arma le golpea el hombro produciéndole un dolor relampagueante por toda la espalda. Con manos temblorosas vuelve a correr el cerrojo. El casquillo humeante sale disparado al suelo con una pequeña parábola delicada que deja en su trayecto el humo suspendido unos microsegundos. Vuelve a disparar, un hombre cae muerto detrás de las mesas.

Al otro lado de la columna y a no más de seis metros, sus compañeros intentan sobrevivir a una rabiosa oleada de plomo y fuego. Tienen como cobertura un par de sillas que empiezan a quedar hechas serrín y una mesa pequeña que amenaza con partirse en dos dentro de poco. Si no actúa rápido ellos morirán, aunque nada ni nadie garantiza que él no lo haga también. En el otro lado del comedor habrá como mínimo diez enemigos, o eso piensa él, y en un momento de ceguera racional decide calar la bayoneta. El filo de la cuchilla reluce con la poca luz solar que entra por los ventanales destrozados, pero lo hace lo suficiente como para revivir la llama del coraje que alberga en su pecho.

Les hace una señal a sus amigos. Es ahora o nunca. Ellos comprenden y proceden igual con sus bayonetas. Se miran por última vez a los ojos; es una mirada sincera y amistosa, cargada de tintes cariñosos y emociones pasionales que se escapan al entendimiento del hombre urbanita. Las sonrisas de complicidad no pueden evitar dibujarse en la comisura de sus labios.

Están dispuestos a ganarse un lugar entre los valientes. Sus nombres serán recordados en monumentos de la capital y sus hazañas serán cantadas en las canciones de marcha militar que sus jóvenes sucesores cantarán de camino a los campos de batalla. Su honor volará sobre los actos impuros de la crueldad humana y atravesarán los valles tenebrosos con la reluciente luz de sus bayonetas caladas.

Cinco hombres salen de su escondite desafortunado gritando y rasgando el aire en una ensordecedora declaración de gallardía. Las balas se detienen durante un segundo estupefactas por lo inpensable de su acto. Cinco hombres corren hacia el honor y cinco hombres caen desplomados bajo una cortina de plomo explosivo.

Sus cadáveres calientes humean en el salón ahora en calma. En sus miradas todavía está viva la llama del honor.

1 comentario hasta el momento.

  1. lis.a dice:

    wow
    k chido esta
    sige asi amigo
    k profundo ee…
    sales ps portate chido
    y adelante …
    (//.o)