Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En marzo - 1 - 2010

Soy consciente de que tengo unas cuantas sagas abiertas sin terminar, y prometo que poco a poco, y a ritmo constante, las iré acercando a su final. Sin embargo, hoy he decidido hacer una mini-saga de tamaño muy reducido. Serán unos cuantos relatos muy pequeños que se publicarán a uno por día durante toda una semana. Comencemos.

Foto por Helge Carlsen

Una calle cubierta de escombros arroja alargadas sombras a los soportales en ruinas cuando los nidos de ametralladoras descargan su ira contra algún pelotón perdido en la noche. El eco de las ametralladoras suena distante pero inquietante en su lejanía, haciendo mella en la debilitada psicología de una demacrada superviviente. Un obus impacta una centena de metros por delante suya y le lanza hormigón fragmentado a la cabeza. Ella se cubre detrás de un coche calcinado.

La luna se deja ver de vez en cuando entre el denso humo que escupen los tanques del Imperio de Draconia, y en esos momentos es cuando aprovecha para deslizarse entre los edificios derruidos intentando encontrar un lugar idóneo para su tarea. Unos pasos cercanos llaman su atención y se aprieta con fuerza contra lo que antes era una puerta de metal, sintiendo como la superficie áspera le araña la espalda; es una patrulla de tres hombres que parecen ignorar que están en plena invasión.

Ya ha decidido cómo actuará y comienza a extraer un cuchillo plateado de su funda de cuero roído. El sonido que produce el filo al rozar con la piel de vaca inunda momentáneamente sus oídos. Espera a que pasen por delante suya, cuenta tres. Salta con decisión y hunde el arma en el carnoso cuello del soldado más retrasado, quien no tiene ni tiempo para gritar de dolor, y aunque lo tuviera, el aire se le escaparía por el corte antes de poder emitir ningún mensaje de socorro. Los otros dos se dan la vuelta pero ella ya está encima. Deja el cuchillo clavado en el abdomen de un segundo y al tercero le golpea con fuerza en el mentón. Cuando éste cae al suelo ella se limita a coger de nuevo su cuchillo, ahora ensangrentado, para volver a emplearlo.

Sentada sobre los cadáveres de aquellos tres desgraciados que invaden su patria, Eliza se pregunta cuándo fue la última noche que pasó sin oler la sangre humana.