[Historias de Galia] Extrañas compañías

by shimohira

Y sigue la mini-saga “Historias de Galia”. Os recuerdo que serán un total de siete relatos cortos (2 minutos de duración aproximada) y cada día sale uno nuevo. Comencemos.

Foto por Marcela Miramendia

El camino que llevaba a Frizon atravesaba campos de cereales de gran extensión, y dejaba a la derecha una pequeña aglomeración de edificaciones pertenecientes a un château ocupado por el general draconiano que conquistó la población.

Saltaron el muro de piedra que delimitaba los terrenos del jardín delantero y se reunieron detrás de una caseta de madera usada como cobertizo. El único testigo: la luna.

-Bien, es hora de darles una lección a estos cerdos imperialistas -la voz del capitán Müller era tan extraña como siempre-. En esa mansión duerme el bastardo que ha tiranizado Frizon y toda la región oriental galiana. No puede salirse de rositas.

Unos minutos más tarde la ventana que daba a la cocina se rompía silenciosamente y por ella se colaban al interior los cinco soldados del capitán Müller, él, el sexto hombre, iba el segundo, poniendo caras raras y torciendo la boca como de costumbre. Tuvieron que llegar hasta la tercera planta usando los cuchillos, y por el camino dejaron un rastro de siete guardias degollados.

-Eliza, esa habitación es el objetivo; los aposentos reales, mademoiselle -Müller señalaba a una gran puerta de madera noble desde el otro lado del pasillo con la punta manchada de su cuchillo-. Vamos, bonita, a por él.

-¿Qué hago si hay guardias en el interior, señor?

-Matarlos, por supuesto.

-¿Con el cuchillo, señor? ¿A pesar de que me verán entrar por la puerta, y ellos estarán armados con armas de fuego, señor?

-En tal caso puede usar lo que usted quiera, Eliza. Pero no pierda el tiempo, ale, ale -la empujó por la espalda y él retrocedió con los demás hasta la esquina del corredor, justo en el principio de las escaleras.

Eliza abrió la puerta con el máximo sigilo que pudo. En una mano llevaba el cuchillo que relucía apagado con el resplandor de los pisos inferiores, en la otra, la pistola cargada y lista para ser usada en caso de emergencia. En el interior de la habitación había una gran cama una cabecera más grande aún. Sobre ella, un hombre resoplaba mientras soñaba historias bonitas, o eso supuso Eliza al verle la cara. Se acercó muy despacio caminando sobre sus puntillas y cuando estuvo a una distancia de medio metro le silenció con la mano de la pistola introduciéndole la culata en la boca. El hombre abrió los ojos al instante y con gesto horrorizado intentó zafarse de su verdugo. Pero no pudo. El cuchillo de Eliza se hundió en el cuello del general y las sábanas se tiñeron de rojo súbitamente.

-Buen trabajo, Eliza -dijo el capitán a sus espaldas susurrando-. Ahora volvamos para tomar una taza caliente de caldo de pollo, ¿te parece? -le guiñó un ojo en lo que Eliza no pudo discernir si era un gesto de complicidad o uno de los muchos tics del capitán.

Sin duda estaba en la escuadra más rara de toda la resistencia galiana.