Penúltima entrega de “Historias de Galia”. El final está muy cerca.
Se incorporó cuando el polvorín estalló en la plaza adyacente a su calle. Una gran columna de humo se divisaba gracias al resplandor de las llamas en la base del antiguo edificio de Correos. Eliza dejó atrás los tres cadáveres recientes y echó a correr sin preocuparse de buscar las sombras en los soportales derruidos de los laterales. No estaba prevista la explosión hasta dentro de dos horas, algo tenía que haberle sucedido al capitán Müller.
Con el cuchillo todavía en la mano alcanzó el arco de piedra que abría la plaza, donde dos pelotones de paracaidistas draconianos se movían efusivamente para socorrer a los heridos y salvar la máxima cantidad de material posible. Otra explosión en el interior del edificio hizo temblar los cimientos del arco. Unos focos se encendieron para facilitar la tarea de rescate.
-¡Qué está pasando! ¿Nos atacan con artillería?
-Alguien está prendiendo fuego al polvorín. Planta por planta, desde dentro -contestó otro soldado en plena carrera.
Eliza escuchaba con gran atención desde la esquina fragmentada de una panadería desvalijada. Ese alguien tenía que ser Müller a la fuerza; la resistencia galiana había mandado a los dos únicos comandos que habían sobrevivido a sus compañeros de trinchera. Uno espiaba desde una panadería. El otro estaba en paradero desconocido, por poco tiempo.
Esquivó a los grupos de paracaidistas que llevaban de un lado para otro cajas de armas y munición, y finalmente consiguió llegar a una zapatería por detrás de los potentes focos. Con el codo rompió el cristal de la puerta y giró el simple pestillo del pomo. Tenía que coger altura para poder saltar a los balcones de Correos y parar a Müller o la misión se iría a la mierda. No le costó mucho trabajo llegar al desván y salir de nuevo al fresco de la noche. La luna brillaba con fuerza.
Las tejas del tejado estaban sueltas en su mayoría y las vigas de madera eran visibles en muchas partes. Un soldado draconiano sostenía un farol de mano y observaba desde las alturas a sus amigos trabajar. A Eliza no le supuso ningún remordimiento cortarle la garganta. Habiendo encontrado el mejor punto de apoyo para impulsarse, saltó hacia el edificio de Correos y con el antebrazo golpeó en el balcón que pretendía alcanzar, pero calculó mal la distancia y resbaló medio metro quemándose la piel por la fricción. Con el brazo dolorido y el hombro a punto de dislocarse, Eliza reunió fuerzas y trepó al interior.
La sala se estaba llenando de humo que se colaba por debajo de la puerta cerrada. Una tercera explosión hizo que los cuadros de las paredes se cayesen al suelo. Era una habitación lujosa, con una gran mesa de madera noble y unas sillas bien tapizadas. En una pared una gran librería soportaba la carga de más de mil libros ordenados por colores, seguramente fuese el despacho de alguien importante. De repende la puerta se abrió y Eliza fue sorprendida por un soldado que buscaba un sitio para mear. Aparentemente la sorpresa fue mutua.
Ella reaccionó más rápido y dio el primer paso, lo que le permitió asestar el primer golpe. Cargó con el hombro y empotró al soldado contra el marco de la puerta. El humo se hacía cada vez más evidente. El draconiano soltó el fusil que llevaba en las manos y luchó por no ser derribado. Un puñetazo alcanzó el mentón de Eliza que comenzó a sangrar profusamente al morderse la lengua; casi se la corta en dos. Mareada y aturdida por el golpe retrocedió involuntariamente unos pasos, hecho que aprovechó el soldado para derribar a Eliza con un certero golpe en la boca del estómago. Las rodillas se le doblaron sin quererlo. El soldado hizo brillar el filo de un cuchillo y se lanzó a su corazón. A Eliza le picaban los ojos por el humo, y no estaba segura del todo si lo que estaba viendo era real o producto de la intoxicación de los gases que ascendían del polvorín.
El cuchillo se clavó en un costado, teniendo la suerte Eliza, de que quedó frenado por la oposición material de una de sus costillas. El dolor la punzó la médula hasta la base de la cabeza, pero no le iba a dar más oportunidades a aquel bastardo. Agarró la muñeca del hombre con fuerza inusitada y le obligó a retirar el cuchillo. Él había quedado a horcajadas sobre ella, así que de un golpe en su pecho le derribó hacia atrás. Se avalanzó sobre él y con el antebrazo le presionó la garganta violentamente, aprisionando el aire en sus pulmones y provocándole la muerte por asfixia en unos segundos. Sus ojos quedaron entornados hacia los suyos reflejando el fuego que se alzaba ahora por encima del balcón.
Tenía que darse prisa si quería encontrar a Müller.