[Historias de Galia] Separación y génesis
by shimohira
Segunda parte de “Historias de Galia”. En esta ocasión se sabrá un poco más del mundo que abarca la mini-saga. Que lo disfrutéis.

Foto por gigi62
La fila era tan larga que se perdía por entre las colinas que rodeaban a la histórica ciudad de Riburgo, más allá de los meandros del río Rine. En su mayoría estaba compuesta por mujeres que portaban niños y bultos a partes iguales, ancianas que a duras penas se sostenían con la ayuda de sus bastones y algún que otro joven muchacho que consiguió no ser separado de su familia. Sin embargo, más allá de la edad y todas las demás diferencias que se pudieran observar, todos tenían una cosa en común, algo tan elemental y tan vital como para darles a todos un destino parecido; eran los recién exiliados habitantes de Riburgo, ahora bajo el control de las llamas y los tanques del Imperio de Draconia.
La marcha estaba encabezada por el consejo popular que se había formado con urgencia en los días previos a las primeras bombas caídas del cielo, y el destino de la marcha no estaba muy claro, después de todo no importaba en exceso si allá donde terminasen estuviera muy lejos, tan lejos como para estar fuera del alcance de la artillería enemiga.
Pero si todavía quedaba algo de esperanza en sus afligidos corazones se terminaría apagando del todo con la aparición en el horizonte de un convoy de camiones draconianos. De ellos descendieron más de un centenar de soldados armados, tal vez cuatro o cinco pelotones al completo, y en pocos segundos se hicieron con el control de la fila que comenzaba a dispersarse cuando se apearon.
Un soldado de cara cortada y labios resecos abofeteó a una mujer indefensa que solamente intentaba guardar algo de agua para el viaje. “Adonde irás no necesitarás nada de esta mierda”, le dijo el soldado mientras le volvía a pegar en la cara. Los niños que iban con la mujer comenzaron a llorar y fueron silenciados con dos certeros disparos de pistola. La madre fue arrastrada por el pelo hacia uno de los camiones grises que esperaban en las colinas, y entre gritos y alaridos regó los caminos de Riburgo con amargas lágrimas de impotencia.
Pero las cosas no fueron muy diferentes en el resto de la fila, que poco a poco se fue transformando en hileras más pequeñas que eran conducidas a los camiones a paso rápido. Desde más allá del río seguían viniendo más camiones. En cierto momento dado, una anciana se negó a abandonar a su marido muy debilitado por el asedio, y como resultado de sus insistentes súplicas se le impuso un castigo consistente en varios azotes en su vieja espalda y lo que le dolió mucho más; el asesinato de su marido. Cuando su cuerpo se desplomó en el camino de tierra y su sangre comenzó a formar costras oscuras con la arenilla, la anciana se arrodilló y derramando lágrimas de incomprensión decidió que no podría vivir sin aquél al que había amado durante toda una vida. Su destino corrió por el mismo sendero.
Y así fue cómo la fila se terminó desintegrando entre ejecución y ejecución, y en medio de toda aquella barbarie una joven de oscuros cabellos como la noche permanecía en pie observando cada detalle con mucha atención. En un colgante que bailaba triste a la altura de su pecho una placa rezaba “Eliza”.