Muchos conocéis mi modus operandi a la hora de escribir muchos de mis relatos; cojo una pieza musical o una fotografía, la escucho (o la miro, según el caso), y me pongo a improvisar en función de todo el espectro de sentimientos y emociones que me evoca la fuente en cuestión. El otro día, y en esta línea, decidimos mi amiga Rocío y yo establecer una “alianza”, ella como fotógrafa que es y yo como intento venido a menos de escritor de éxito. El resultado será una serie de relatos fotográficos. Disfrutad el primero de, espero, muchos.
Por cierto, la canción que he seleccionado es demasiado corta para todo el relato, así que dadle al botón de “repetir” o simplemente volved a reproducidla cuando acabe.

Foto de Rocío García, click para agrandar
Nos lanzaron en paracaídas una noche cálida de agosto, cuando los días son muy largos y las noches parecen no tener prisa alguna por imponer su oscuridad. Un día antes por la radio, el parte del frente informó de presencia alemana en la costa septentrional donde habían fortificado cada palmo de arena en la playa. Los pequeños pueblos de pescadores humildes, servían de refugio para los soldados invasores a la vez que una buena fuente de alimento y demás víveres. Nuestra misión como ciudadanos franceses era acabar con el abuso y la tiranía de los nazis de una vez por todas. Qué equivocados estábamos.
El descenso fue de lo más tranquilo. No vi ni una sola bala trazadora cuando salté de mi avión, tampoco vi aviones en llamas o paracaídas desgarrados como lo haría unas semanas después, fue un salto muy relajado. La intención era sencilla: el 2º, 3º y 4º Pelotón de milicianos saltaríamos por la tarde gracias a la logística británica, mientras que por tierra, fuerzas de la 2º División Mecanizada iniciarían un ataque frontal en las líneas de abastecimiento enemigo, dando como resultado una simple maniobra de escorpión. Teníamos que cubrir a pie un poco más de diez kilómetros, precauciones que el Comandante creyó necesarias, pero la realidad estaba muy lejos de los planes del gabinete.
- Realizaréis un salto bajo y aseguraréis la zona denominada como Champ. No encontraréis fuerzas alemanas hasta la zona Chaud, donde algunos chicos de la 2º División Mecanizada ya estarán repartiendo plomo y fuego cuando lleguéis -recuerdo que nos dijo el Comandante minutos antes de subir al avión.
Como dije, la realidad que dibujó el Comandante en sus planes era muy distinta.
El primer encuentro se produjo a escasos metros de nuestro punto de salto, diez minutos después de haber recogido la lona de mi paracaídas. Nos dimos de bruces con una compañía entera de infantería alemana. Nos doblaban en número y no pudimos hacer mucho para mantenernos con vida. Tomamos posiciones en un pequeño bosque que había junto a un camino de pastores, y desde allí, avanzamos bajo fuego enemigo hacia la zona Chaud. Recuerdo como mis compañeros caían lentamente a mi lado, alcanzados por sibilantes balas invisibles que rozaban nuestros cascos y terminaban estrellándose en el tronco de algún árbol, produciendo un sonido seco y hueco a la vez que me lanzaban astillas a los ojos. Allí perdí a los mejores compañeros que tuve durante la guerra.
Milagrosamente algunas escuadras conseguimos atravesar las líneas alemanas y llegamos a campo abierto, a pocos kilómetros del frente. Nuestro servicio de inteligencia había cometido un gran error al creer que no habría apenas resistencia, y desde luego tres pelotones no podían hacer nada en el panorama que nos encontramos (después, uno de los chicos que salieron con vida de la 2º Mecanizada me contó que el frente fue un infierno, que les estaban esperando varias compañías alemanas en posiciones defensivas). Sin embargo, algunos acabamos perdidos en aquella trampa mortal.
Alain, un tipo de otro pelotón, y yo, acabamos en un pequeño pueblo rural más allá del bosque. Nos debimos desviar a la salida del bosque, y ahora con retrospectiva no me parece nada raro. El pueblo estaba formado por apenas diez casas de piedra y madera y un par de calles de tierra sin pavimentación alguna. Allí, el estruendo de la emboscada no penetraba nuestros oídos como lo hacía dentro del bosque, era una sensación muy extraña, como si toda aquella paz desentonase con el paisaje que se abría ante nosotros; el mar. A lo lejos una explosión nos recordó dónde estábamos. Avanzamos dando un rodeo a las casas y siempre en carreras pequeñas, uno detrás del otro para cubrirnos mutuamente en caso de ataque.
- ¿Te llamas Dómine, no? -me dijo cuando nos parapetábamos tras una roca casi a pie de playa-. Yo soy Alain, encantado, aunque no es el mejor momento para presentaciones. ¿Sabes dónde estamos? Creo que nos hemos desviado demasiado al oeste, tenemos que encontrar la forma de volver con los demás.
Ambos pensábamos en nuestro desgraciado futuro si nos encontrábamos con un pelotón alemán. Para colmo, yo había perdido mi fusil en la carrera dentro del bosque, así que iba con la pistola reglamentaria desenfundada, de la cual solamente tenía dos cargadores; el puesto y uno de reserva.
- Mira -continuó él-, creo que lo mejor que podemos hacer es llegar hasta aquel cabo del fondo. Desde allí tendríamos que poder divisar nuestro ataque y podríamos flanquear la retaguardia de los boches. Qué te parece.
- A mí cualquier cosa para salir de este estercolero me parece buena idea -contesté.
- Entonces en marcha.
No tardó ni un segundo en desplomarse cuando se levantó para iniciar la marcha. Cayó al suelo en un silencio aterrador mientras se tapaba el cuello con violenta insistencia. Desede la herida abierta, su sangre salpicaba mis botas y Alain solamente conseguía emitir un llanto ahogado, tan profundo y lastimoso que desgarró mi alma para siempre. Yo me agaché sin saber qué hacer cuando un segundo disparo acertó en la roca a mi lado, desprendiendo esquirlas que me magullaron las mejillas. Comprendí que no podía acercarme a Alain porque estaba en el campo de visión del francotirador, así que sintiendo más pena por el hecho de no poder ayudar a un compañero que por su muerte, tuve que esconderme con el rabo entre las piernas. Aquella impotencia me marcó para el resto de la guerra, y tuve que presenciar su muerte sin poder mover ni tan siquiera un músculo.
Para cuando Alain dejó de temblar espasmódicamente, rendido ante su cuello desgarrado en un gran agujero que no dejaba de sangrar, yo me percaté de que tenía mojados los pantalones. El sol se ponía en el horizonte y el mar se oscurecía con los colores cálidos del cielo moribundo. Un brisa delicada, terminó de resecar las lágrimas que me resbalan por el rostro y que me sabían amargas en el paladar. Tras un rato de duelo me asomé para ver el posible emplazamiento del tirador, pero en su lugar mi mirada quedó fijada en las nubes que se arremolinaban en espiral sobre el cabo, el cabo que tendría que haber alcanzado junto a Alain, quien murió junto al sol.
Pasé toda la noche en aquellas rocas, con la ridícula esperanza de que la Luna me devolviera la vida de mi compañero.
Solamente me regaló un argénteo reflejo en la superficie de la mar, a juego con mis lágrimas. Una parte importante de mí se quedó para siempre en aquella playa.
Nota del autor; aunque claramente el relato se enmarque dentro de la II Guerra Mundial, los hechos narrados son de mi invención, así que desconozco si se produjo algún ataque francés semanas antes del Día D en tales condiciones.
[...] nuevo relato bélico titulado “Lágrimas sobre el mar” ya disponible en [...]
Como siempre te digo en relatos de esta tematica, simplemente, maravilloso. Consigues que me quede con ganas de saber como sale de alli, que hizo despues, si sobrevivio…
Y que me meta en la historia, que me sienta el protagonista.
Un saludo
Muchas gracias Skryte por tus palabras de apoyo.
Seguiré escribiendo lo mejor que pueda para lectores fabulosos como tú