
"Él haría lo mismo por mí".
Una de las cosas que más me fascinan son los lazos de profunda amistad que se crean en la adversidad. Muchos abuelos dicen que “los mejores amigos se hacen en la mili”, algo de cierto tendrá la frase, al menos yo lo creo así. La adversidad puede ser desde vivir juntos bajo el mismo puente, pasando por la guerra hasta el encierro común en un ascensor. Semper Fi pretende ser un microrrelato no muy extenso pero sí muy intenso. Disfruten.
Y el granito se desintegra en millonésimas partes a cada segundo que pasa en Barcelona. Las balas provocan un ruido sordo al impactar contra el muro y las que no, silban a pocos metros de distancia con un sonido muy característico, el cual te indica cuánto tiempo de vida te queda si no te mueves de allí. Parapetados contra un muro bajo de contención de esos que se usan en las obras de carretera están dos infantes de marina esperando el justo momento para devolver el fuego. El enemigo no les da ni un respiro, les están dando con todo. Uno de ellos le hace un gesto con la mano al otro para avisarle de que va a intentar correr hacia el otro lado de la calle. Su compañero asiente con la cabeza. Se asoma por el lateral del escudo pétreo y granito pulverizado por el impacto de las balas le salpica en la cara. Entonces recuerda su vida en tiempos de paz. El desayuno tranquilo junto a su mujer y su hija en las cálidas mañanas de verano, junto al jardín en la terraza mientras Poqui, su pastor belga, juega con la manguera en el verde. Cuando el artillero enemigo cesa el fuego para evitar el sobrecalentamiento del cañón se arma de valor y sale corriendo fusil en mano hacia el otro lado. Se estrella contra un escaparate de lo que fue una zapatería y mira a su compañero, quien concentrado en su turno le vuelve a asentir con la cabeza. Para darle tiempo a su compañero decide asomarser para disparar sobre el vehículo, un Humvee viejo y muy desgastado pero que se ve que tiene una ametralladora muy nueva. Logra acertar a uno de los tripulantes parapetados tras las ruedas, después de todo su entrenamiento durante meses no es tontería.
Las largas noches en Campamento Bastión le vienen a la cabeza. Tenían un sargento chillón que les mandaba correr 13 kilómetros todas las noches. Decía que tenían que ser 13 exactos para que el mismísimo Satanás estuviera familiarizado con sus rostros de putitas baratas. Eso decía. Las comidas eran muy malas y el día se lo pasaban haciendo ejercicio, practicando tiro o haciendo más ejercicio. Las pocas horas de paz eran las de instrucción militar porque las horas de sueño no se podían llamar como tal.
Mientras le hace un gesto con la mano para avisarle de que debe salir en ese momento le viene a la cabeza aquella vez que tuvo que fingir un cólico para poder salir de fiesta con su unidad. Él era el único sin permiso aquella noche por no haber cumplido con las expectativas del sargento. Se le ocurrió que si le mandaban a la enfermería se podría escapar fácilmente por la lona trasera, tan fácil como levantarla y correr a la verja sur. Al final la huída salió bien, pero al regreso tuvo que volver a la enfermería a toda prisa para que el sargento no sospechara. El resultado fue que el sargento descubrió que los cólicos pueden provocar estados similares a la borrachera. Aquella semana toda la unidad terminó comiendo la mitad de la ración regular.
Su compañero corre del muro con la cabeza baja para evitar las balas, sin embargo no sale todo según lo previsto. Se le dobla una rodilla y termina cayendo al suelo en dos tiempo; primero doblado por las rótulas y luego todo el cuerpo se desploma levantando una cortinilla de polvo. Bajo su rostro una alfombra de cristales rotos y granito framentado le arañan las mejillas. Al ver esto, el infante a cubierto no se lo piensa y sale a recoger a su compañero. No tarda más de 3 segundos, le agarra por el chaleco y le arrastra rápidamente a la seguridad del escaparate de zapatos sin zapatos. Examina a su compañero con temor de que el Humvee avance. Ve un orificio de entrada y salida en el muslo derecho. El pantalón está lleno de sangre oscura y el rostro de su compañero parece abstraido de todo pensamiento.
Decide gastar la última granada de mano en aquel momento, simplemente se quería dar un poco de tiempo para cargar a cuestas con su compañero y salir de allí por donde habían llegado. La lanza sin fijarse mucho dónde cae y se echa el cuerpo plomizo al hombro. Se mancha las manos y la cara de sangre. Su compañero sigue con vida, puede notar su pulso y su aliento, débil y algo acelerado. “Te voy a sacar de aquí, ¿me oyes?” le dice a la oreja. No le contesta. “Vamos a llegar a ese puto pájaro y nos vamos a la enfermería juntos, como en los viejos tiempos de cólicos simulados”. Sabe que está hablando para sí mismo, pero en voz alta. Sale de la esquina del escaparate disparando lateralmente hacia el vehículo imponente. Ellos devuelven el fuego haciendo saltar pedacitos de asfalto que le golpean en la caña alta de las botas.
Tiene unos 10 metros hasta el siguiente parapeto, tal vez 13. Sería gracioso que fueran 13. Son muchos metros para correr al descubierto ante un vehículo enemigo y con un herido al hombro, pero él sabe que Satanás reconocerá sus rostros de putitas baratas y decidirá no llevárselos al Averno. Los proyectiles le rasgan el pantalón y el chaleco a la altura del antebrazo. El sudor le entra en los ojos y sigue resbalando hasta los labios, donde adquiere un sabor familiar. Después se termina mezclando con la sangre de su compañero. “Semper Fidelis” se dice a sí mismo. “Él haría lo mismo por mí”.
Una bala le impacta en algún lugar cercano a los riñones. No lo nota hasta llegar al parapeto, cuando se da en cuenta que hay más sangre de la cuenta. Entonces el dolor le sube por la espina dorsal y le eriza todos y cada uno de los pelos de la nuca. Se puede comparar con una bola de espinas de cristal en el esófago, bajando hacia el estómago desgarrando lentamente la carne a su paso. Su compañero yace a su lado, ha vuelto en sí. Se incorpora sobre el costado lentamente y le mira la herida, tiene cara de preocupación. “Corre hasta ese coche de allí” le dice, “yo te cubro”. Le mira atónito. “¿Y tú? No puedes correr con esa pierna”. “No te preocupes”, le contesta, “ya me las apaño, tienes que llegar al helicóptero pronto”. El Humvee se pone en marcha y con paso firme se acerca a ellos sorteando los obstáculos que deja cualquier guerra sobre el asfalto. “Me quedo contigo”, le dice tomando posición de combate mientras se tapona el orificio de bala con una mano. Su compañero le empuja y le obliga a levantarse de su posición. “Corre”. La mirada de aquel hombre es recta y decidida, sabe que si no le hace caso y se marcha de allí herirá sus sentimientos como hermano de unidad. No morirá en paz. Le habrá defraudado. “Semper Fi”, le dice con una sonrisa. El otro echa a correr hacia el coche destrozado a por un nuevo parapeto, siempre más cerca del helicóptero. Durante la carrera nota como la sangre le fluye entre los dedos que presionan sobre la herida. Las balas silban muy cerca de su cabeza y pasan rápidas hacia el infinito de la distancia. Se pregunta qué será lo que mueve a un hombre a dar su vida por la de otro. Ahora tiene el deber de salir con vida para no mancillar la memoria de su compañero. “Semper Fi”, se dice mientras pisa más cristales rotos y las balas dejanda de silbar a su alrededor para hacerlo sobre su inmóvil amigo.
shimohira
Foto: mcandrea