[Circuitos muertos] Le llaman Phi

by shimohira

Y he aquí la tercera parte de la miniga saga de nuestra amiga Ellen o 3113n. He decidido bautizar a la saga como “Circuitos muertos”. Estoy animado con estas historias porque son un claro spin-off de mi novela (es decir, mismos personajes pero relaciones diferentes). Además, que estoy con lo último de Neal Stephenson, gurú literario de los hackers, y estoy que me subo por las paredes leyendo a todas horas.

Ellen fumando pipa cuando no es 3113n

Ellen fumando pipa cuando no es 3113n

El coche volaba sobre el asfalto poniendo al máximo el motor eléctrico respetuoso con el medio ambiente. A vista de pájaro el automóvil se reducía a una mancha blanca que dejaba una estela de luz roja y amarilla en el carril izquierdo. A muy poca distancia y también a gran velocidad, un helicóptero negro perseguía a la mancha disparando de vez en cuando algún misil que nunca llegaba a su objetivo. El asfalto astillado en mil piedrecitas diminutas golpeaba la luna del coche al atravesar el denso humo que dejabna la explosiones.

Percival Baker conducía con gran maestría, esquivando los socavones y derrapando en las curvas para no perder velocidad de marcha. Cada vez que tomaba una curva ganaba unos metros al helicóptero que se perdía por unos segundos en la realidad reflejada del retrovisor electrónico.

-¡Joder, nos va a coger! -Ellen gritaba histérica sin dejar de aferrarse al cinturón de seguridad-. ¡Haz algo!

-¿Qué piensas que estoy haciendo? -dio un volantazo a la derecha y acto seguido encaró una calle estrecha por donde el helicóptero no podría pasar-. Hago todo lo que puedo.

El teléfono del automóvil sonó tan raro como una opera en una plaza de toros.

-Cógelo.

-Sí, claro, ahora también soy tu sirvienta.

Baker suspiró.

-Cógelo, también es para ti.

Ellen le miró desconfiada pero aceptó a descolgar el aparato. Era un huevo blanco sujeto a una estación de recarga en el salpicadero de fibra sintética. Lo cogió entre las dos manos y deslizó la cubierta exterior para dejar al descubierto una pequeña pantalla y un mini-teclado táctil.

-Sí -contestó con sequedad.

-Tú no eres Baker -un hombre al otro lado también parecía estar irritado.

-¿Cómo lo has descubierto? ¿Tal vez por mi dulce voz afeminada? ¿O tal vez porque estoy a punto de mandarte a tomar por culo?

-Ellen, cuidado con lo que dices -Baker la reprendió mirándola de reojo.

-Esa ha sido la voz de Baker, ponme con él.

-Ahora no puede ponerse, ¿por qué crees que estoy yo hablando?

El hombre al otro lado de la línea parecía analizar la pregunta de Ellen. Tras un silencio de unos segundos concluyó.

-Muy bien, escucha 3113n, soy Phi.

Su cara en el asiento del copiloto mostraba de todo menos ilusión.

-Ah, qué bien, otro que me conoce sin saber yo por qué. Encantada Phi, supongo.

-No sabes quién soy, ¿verdad?

-¿Debería?

Una explosión sacudió el coche violentamente. Trozos de madera llovieron sobre el capó.

-¿Estáis en problemas?

-Bueno… si por problemas se puede entender un helicóptero de combate disparándonos en mitad de Nova New York… entonces sí.

-Muy bien, dame un segundo.

A Ellen le dio la impresión de que ese tal Phi contestaba a todo que “muy bien”.

Tras medio minuto volvió a la línea.

-Ya está, dile a Baker que tenga cuidado.

-¿Cómo?

-Tú díselo, leches.

-Vale, tranquilo -no entendía nada de lo que estaba sucediendo al otro lado del teléfono, pero obedeció por si las moscas-. Oye, Baker. Tu amigo chiflado dice que tengas cuidado condu…

A treinta metros del coche el helicóptero se estrelló estrepitosamente contra un bloque de pisos viejos. Los cristales saltaron en todas direcciones y los ladrillos parecían gotas de lluvia, pero mortales. Una lengua de fuego ascendía en diagonal hacia el cielo para disiparse en pocos segundos y dejar paso a un denso humo negro. Una parte del fuselaje del aparato casi les aplasta cuando pasaron por debajo del edificio. Baker tuvo que dar un volantazo repentinamente y terminaron chocando contra un quiosco de prensa rosa.

Ellen se golpeó la cabeza contra el cristal lateral y comenzó a sangrar por la frente. Baker había desaparecido bajo el airbag cervical.

-Joder… Eso estuvo cerca -Baker se llevó las manos al cuello y se lo frotó-. ¡Ellen! ¿Estás bien?

Se desabrochó el cinturón y se inclinó hacia la chica para examinarla. Ella apartó sus manos con un manotazo y se giró bruscamente.

-Sangro por la frente, ¿te parece que esté bien?

-Sí, sigues siendo tan arisca… iba a decir como siempre, pero te conozco de hace diez minutos escasos.

Baker rió la gracia pero Ellen se quedó mirándole con cara de pocos amigos.

-Vamos, tenemos que seguir a pie, no estamos muy lejos de un piso conocido.

-Perfecto, ahora vamos a tu piso. ¿Qué será lo siguiente? ¿Matrimonio con hijos?

Baker la miró sorprendido. Nunca antes había conocido a una persona tan irritante.

-Para empezar no es mi piso, solamente tengo las llaves, y sobre el matrimonio no hace falta decir que…

-Sí, sí. Que no te casarás hasta que tu hermana mayor quien trabajará en alguna revista de moda ñoña dé su visto bueno respecto a mí.

-No, la verdad es que iba a decir que nunca me casaría contigo.

Ellen no sabía por qué pero aquel comentario le dolió.

-Venga, vamos. Tarde o temprano vendrá la policía o más locos montados en helicópteros.

Ella obedeció y bajó del coche directamente a la garras del bochorno veraniego. Desde el inicio del Cambio Climático los veranos en Nova New York eran insoportables. Las temperaturas habían subido notablemente y la humedad hacía de la calle un infierno casi selvático. Los mosquitos se reproducían con la vacilidad del virus de la gripe, y la gente se protegía como mejor podía; con parasoles, gorras, sombreros, gafas de sol… Pero todo aquello no iba con Ellen, quien estaba acostumbrada al agradable frío de su aire acondicionado, su único capricho en el complejo de apartamentos A-25.

Ellen siguió a Baker de cerca. Se metieron por una calle estrecha de paredes enladrilladas y después giraron a la izquierda en una frutería pakistaní. Desde un pequeño parque infantil llegaban los gritos de juego y diversión de unos niños pequeños.

-Oye, ¿quién es el hombre que llamó antes?

Baker se detuvo y girando sobre sus talones dijo.

-Le llaman Phi.

-¿Y?

-¿Cómo que y? ¿No te enseñaron en el colegio qué es el número Phi? ¿El número áureo?

-No fui al colegio.

Baker se quedó contemplativo sin saber cómo encajar aquel comentario. Se sintió molesto por haberla obligado a decir aquello, pero Ellen no parecía molesta en absoluto, lo dijo con total naturalidad.

-Bueno, sea como sea, dicen el número áureo que es el número de la perfección, el dígito de la Creación.

-¿Y qué tiene que ver con ese tipo?

Baker no mudó el rostro, simplemente se limitó a mantener la misma tensión facial con lo que se había sentido incómodo segundos antes. Por su parte, Ellen se sujetaba la frente con una mano que no podía contener la sangre que terminaba por resbalar por sus mejillas, manchando el cuello de la camiseta. Con los pies daba pequeños saltitos para no quemarse con el calor retenido por los adoquines, pues seguía descalza desde que salió de casa.

-¡Venga, va! ¡No tenemos toda la vida para que me respondas!

-Pues ya lo has visto tú misma. Él es capaz de mandar a tomar por culo cualquier cosa dentro de la Creación.

Ironías de la vida.