Aquí la tercera parte de “Huidas a medianoche”. Os recuerdo que es una colaboración con nuestra lectora RGH y que consta de otros escritos: el segundo aquí (por mí) y aquí el primero (por ella). ¿Qué pasará en el gran final?

Foto por pinkcigarette
La puerta se abrió dócilmente cuando Su pasó una tarjeta magnética por su correspondiente lector, la había robado de una taquilla en el vestuario del personal de mantenimiento y limpieza pensando que le sería útil en algún momento. No se equivocaba; se había colado por la puerta de atrás de los laboratorios de Genexp.
Caminó en la penumbra cien metros por un estrecho pasillo lleno de puertas de cerámica oscurecida por el calor de las calderas, después giró a la derecha en un cruce de corredores y ascendió por las escaleras internas de emergencia biológica. En menos de cinco minutos estaba en el piso décimo dando uso de nuevo a la tarjeta robada, sin embargo, esta vez no fue todo bien.
El sonido estridente de una alarma bien programada le rompió un tímpano y el mareo la desplomó al suelo. Los cristales a su alrededor se hacían añicos y escupían afiladas esquirlas en todas direcciones, preferiblemente el rostro de Su. Cuando se percató de que algo calentaba la palma de su mano entendió que sangraba por los oídos, así que desenfundó la pistola del interior de su chaqueta y apuntó temblorosa al techo, apretó el gatillo tres o cuatro veces e hizo callar la maldita alarma. De los pisos inferiores subían las voces de los guardias de seguridad, armados presumiblemente, que parecían tener mucha prisa por dar caza a Su.
Las primeras balas le rozaron el pelo cuando corría a toda velocidad por un pasillo de anchos ventanales y bonitas macetas marrones que explotaban en una amalgama de tierra y verde cuando eran alcanzadas por los proyectiles. Su no era una guerrera, tampoco era policía ni guarda de seguridad, matón o cualquier categoría inferior de “persona apta para manejar un arma de fuego”, pero aun así se tiró al suelo instintivamente para buscar protección tras la mesa de la secretaria de planta. Los disparos fueron astillando lentamente la madera de la mesa, poniendo a Su más nerviosa de lo que ya estaba. Asomó la pistola por encima y apretó a ciegas el gatillo mil doscientas veces por lo menos.
El silencio invadió el corredor.
Teniendo todo el cuidado que podría tener una chica-bien metida en camisa de once varas escrutó el horizonte desde el borde superior de la mesa, y unos metros más allá pudo ver a un hombre desangrándose en el suelo, manchando las pulcras baldosas de blanco tecnológico en un enorme charco que parecía no parar de emanar de su barriga. Otro hombre intentaba decirle algo desde detrás de una maceta y un tercero se percató de la cabeza de Su asomando desde la mesa y abrió fuego indiscriminadamente.
Su pudo ver como las balas pasaban a cámara lenta a escasos milímetros de su ojo para hacer finalmente impacto en un cuadro que tenía a la espalda y que terminó hecho añicos. Acto seguido ella también disparó haciendo diana en la pierna del hombre que se había expuesto cegado por la ira. Era difícil de creer, pero Su tenía buena puntería con las pistolas.
El único guardia de seguridad que no estaba manchando el suelo con sus fluidos internos se abalanzó hacia ella gritando y desgarrando el ambiente con un estruendo que surgía de lo más profundo de sus entrañas enfurecidas. Saltó desde tres metros de distancia y aterrizó violentamente sobre Su, quien se golpeó con la nuca en el suelo quedando más aturdida de lo que estaba por la pérdida de uno de sus tímpanos. Forcejearon unos pocos segundos donde Su tuvo que aguantar varios puñetazos en la cara. La boca le sabía a hierro, hierro agrio. Los ojos de su contrincante estaban furiosos, inyectados en micro-venas rojizas que surcaban el blanco del globo ocular como pequeñas vías de ferrocarril. Le propinó a Su otro puñetazo, esta vez en la boca, y notó como los dientes se le torcían hacia adentro. Otro puñetazo más. Y otro. Y otro. Y otro, hasta que el hombre notó que las manos de Su dejaban de hacer presión alrededor de su cuello. Fue entonces cuando bajó la guardia y Su en un momento de brillante inteligencia cogió la pistola del suelo y apretó el gatillo sin pensarlo dos veces.
Se salpicó el rostro de una sustancia viscosa y caliente que no paraba de caer desde la órbita enucleada del guardia de seguridad. Donde tenía que haber un ojo había un humeante agujero que borboteaba y escupía los líquidos de la Creación.
El cuerpo del hombre se desplomó sin vida y ahí se quedó.
Y ahora, pensó Su, al despacho de ese cabrón.
Corrió como nunca antes lo había hecho, cojeando a ratos y saltando en otros. Por el camino iba dejando un rastro fino de sangre que se le desprendía de su chaqueta manchada. La pistola le pesaba en la mano y en la cabeza mil martillos parecían estar dispuestos a forjar el Titanic entero a mano.
Cuando llegó al duodécimo piso y pasó la tarjeta de nuevo un par de focos dispuestos en el despacho de Carl Höfard la cegaron al instante.
-Y bien, señorita Lewington, veo que no se anda con rodeos -dijo señalando a su ropa manchada de sangre.
Su no podía hacer nada más que protegerse de la luz con las manos.
-Apresalda -ordenó Höfard.
Aquí acaba todo, se dijo Su, pero no para mí.
Y sonriendo se puso de rodillas dócilmente.
[Continuará]
=D
waaa
impresionante!!
cuando saldra la cuarta parte?
¬¬
XD
Espero que pronto. Supongo que mañana o pasado estará
[...] Tercera parte: Pensamientos cibernéticos [...]