Como dije ayer, hoy sábado colgaré los dos últimos relatos de esta nueva mini-saga. Aquí el primero de ellos.

Foto por shandopics
Ante él se abría un espacio oscuro y borroso, difuminado en sus extremos y ligeramente luminoso en su parte superior. Se frotó los ojos y poco a poco fue recuperando la visión; había abandonado el pantanal y se encontraba tendido sobre una roca llena de musgo en medio de la arboleda adyacente. Su mano derecha todavía sujetaba con firmeza el estoque largo. Le dolía todo el cuerpo y estaba exhausto.
-No te preocupes por la sangre -dijo una voz muy cerca de Artion-. Te golpeaste la cabeza cuando te saqué de aquella pocilga.
Hasta entonces no se había percatado de que su cara y cuello estaban manchados por sangre ya seca.
-Tú eres… -contestó intentando enfocar el origen de la voz.
-Soy Ludwig von Habsberg, y éste de aquí es Phéroz. Él te salvó.
Por fin encontró la fuente de la voz, y pudo ver a un hombre apoyado sobre el lomo tendido de una bestia descomunal; una especie de gato gigantesco del color de las naranjas y con rayas negras atravesando todo su cuerpo.
-No te preocupes, no muerde -dijo el hombre acariciando a la bestia-. Los llaman tigres, y vienen de muy lejos.
Phéroz bostezó. Unos árboles a su derecha cayeron con gran estruendo y una bandada de pájaros echó a volar presa del pánico.
-No hay tiempo que perder. Ya están aquí -el hombre le tendió la mano y Artion la aceptó humildemente.
Un virote atravesó con velocidad el follaje de los arbustos y rebotó fugazmente en la piedra que sostenía a Artion. Un mar de chispas salpicaron sus mejillas y von Habsberg tiró rápidamente hacia arriba para ponerle en pie.
-¿Puedes pelear?
-Creo que sí -dijo abriendo y cerrando el puño izquierdo. El derecho se resistía a soltar el estoque.
-Ese estoque no te conviene, es demasiado largo para luchar en la arboleda. Sin contar que a los esqueletos les da igual que les puncen. Toma este alfanje -se lo lanzó sin aviso-. Ahora prepárate.
Un silencio absoluto precedió a la espantada de las aves. Después una corta serie de silbidos rasgaron el aire y se materializaron en más virotes clavados en objetivos no deseados. Finalmente varias decenas de esqueletos irrumpieron desde la oscuridad de los árboles solamente dejando escuchar el entrechocar de sus huesos. El hombre de la bestia se armó con dos dagas cortas y se lanzó a la carrera. Muy de cerca le seguía la bestia, que en cuestión de segundos, le dobló y de una zarpada decapitó a varios esqueletos.
Al ver Artion la iniciativa de sus salvadores él también se vio inundado por nuevas fuerzas que brotaban calientes desde las yemas de sus dedos. Un esqueleto cojo se le acercó por el lateral y Artion comprobó la extrema ligereza del arma que le habían prestado. Agitó varias veces el alfanje en el aire para hacerse con él y acto seguido asestó un golpe plano al hombro del esqueleto, el cual se fragmentó y dejó caer al suelo el húmero y todo lo que le sucedía. El siguiente golpe derribó al enemigo dejando escapar humo verde por entre las fracturas.
Sin embargo, cuando Artion ya llevaba casi una decena de esqueletos derribados, el alfanje se le quedó atascado en una vértebra. Intentó tirar en el sentido de entrada pero le resultó imposible. Más esqueletos se le acercaban en silencio.
-¡Dale una patada! -gritó el hombre entre varios enemigos. Sus dagas parecían bailar clavándose una y otra vez en los cráneos enmohecidos.
Artion aceptó el consejo y estalló la columna vertebral que le retenía el arma de una patada firme. Para cuando consiguió liberar el arma no le quedaba tiempo más que para esquivar los ataques de los otros esqueletos. De repente un silencio radical invadió la arboleda para explotar en un feroz rugido a los pocos segundos. Los árboles se oían caer a unas yardas de distancia. Phéroz encorvó el lomo y bufó hacia el origen del estruendo.
Entre hojas cayendo y troncos astillados apareció una criatura mitad toro mitad hombre. Los esqueletos no se molestaban en apartarse de su camino y terminaban aplastados bajo sus pezuñas. El monstruo tenía la altura de varios hombres puestos a hombros unos encima de otros.
-Es un minotauro -explicó von Habsberg-. No temas. No es diferente al resto de monstruos del Averno.
-Nunca he tenido que lidiar con uno de ellos -contestó con cierta vergüenza que no consiguió entender.
-Tranquilo… de ahora en adelante tendrás muchas ocasiones.
Sonrió y se lanzó sin pensarlo a las patas del minotauro. Intentó clavar ambas dagas para ascender hasta el lomo pero el monstruo le derribó de un manotazo. Las cadenas rotas que llevaba en la muñeca latigaron el aire a escasos dedos de la cara de von Habsberg, quien aterrizó sobre alguno de los troncos caídos en el suelo, y donde quedó tendido doliéndose por el golpe.
Artion no sabía muy bien cómo actuar. Lo único que sabía con certeza era que debía hacer algo con presteza, de ello dependían sus vidas.
El minotauro le rugió a la cara lanzando en todas direcciones saliva caliente. De sus fosas nasales se desprendía un tufo fuerte e insoportable que contaminó rápidamente el ambiente. Phéroz danzaba alrededor de ellos dos derribando todos los esqueletos que podía. Tenía varios cortes visibles en el lomo.
Artion por fin despertó.