Tras unos días de parón debido a la intensa actividad que he invertido en mi novela, vuelvo con gusto (y ganas) para dejaros un cuento fantástico de la saga de “El joven Ming”. Podéis leer los otros relatos de dicha saga haciendo click aquí, aquí otro más y aquí el primero de todos. Disfrutadlo, es corto pero cargado de emociones.
Foto por Stock in Customs
El mar se abría ante sus ojos mostrándole la infinita belleza del mundo. Una agradable brisa marina le regalaba dulces besos en las mejillas, mientras el olor que traían las olas dejaba en su paladar un delicado sabor a viva vida. La arena de la playa era blanca como el mármol y brillaba en mil diminutos centellos a la luz del sol.
Las gaviotas se arremolinaban sobre las pequeñas embarcaciones de los humildes pescadores, quienes atareados preparaban con laboriosa voluntad las redes y aparejos de pesca. No muy lejos de allí, un pequeño poblado se alzaba sobre un tímido cerro repleto de salvia y margaritas. En la punta más alejada, sobre un cabo pedregoso y muy accidentado, un faro parecía dormir en la luminosidad del día, esperando pacientemente en un plácido letargo a que la noche cayese.
-Maestro, por fin hemos llegado al extremo meridional -comentó ilusionado el joven Ming secándose el sudor de la caminata. Contemplaba maravillado el espectáculo natural-. Cada día que pasa estas tierras me sorprenden más y más.
-Viajar es descubrir, joven Ming. Uno no puede comprender el mundo si no lo divisa en su totalidad. La belleza del mundo no son los Yermos del Norte, con sus extensiones marchitas por las impetuosas tormentas de arena que todo lo debilitan, ni las cataratas de Zipango, donde el agua desciende a la velocidad que florecen las flores del cerezo y canta el ruiseñor, ni las islas perdidas de Taiwán, las cuales guardan con escrupuloso recelo sus tesoros naturales para mostrárselos sólo a los más puros, o los llanos fértiles de Zhou, donde tantas veces habrás jugado de pequeño al aro y a las flechas bajo la refrescante protección de las sombras de los melocotoneros.
>>Pero tampoco las montañas Cárpatos, altivas y orgullosas de su altitud siempre en desafiante actitud, o el antiplano Argénteo, donde los ciervos vuelan con el viento y saludan a los cielos con sus cornamentas de terciopelo, o la Selva Negra, misterioso lugar donde los haya, repleto de intrincados caminos arbóreos y cuevas que se sumen en la oscuridad de la tierra excavada. ¡Ni tan siquiera esta playa tan virgen y pura, inocente y humilde que nos regala momentos de deleite espiritual!
El joven Ming miró expectante a su sabio maestro.
Su silencio se armonizó con las noticias de ultramar que traía la brisa.
-Querido discípulo… la belleza del mundo son todos esos lugares en conjunto.

[...] Meta-Relatos ya podéis leer “El joven Ming y la belleza del mundo” y “Muerto y cocinado”, mi último relato negro en estado [...]
OLE OLE Y OLE!!! jejeje (q ibérico me ha quedado esto :S)
Ya tenía ganas de leer algo así, es, simplemente, GENIAL. Enserio… Lo has escrito de una forma que te imaginas estar allí y también añoras todos esos lugares bonitos en los que has estado y que, como dices, forman la belleza del mundo. Muy bueno!
Gracias
Siempre anima leer comentarios así jeje.
La verdad es que estuve mirando fuentes de inspiración (fotos y canciones) hasta que llegué a esa foto de Cádiz que me pasaste. Al final no la he usado porque resulta que el relato se ha convertido en otra playa totalmente distinta xDDD (pero la idea surgió de tu foto).
Un beso y gracias por pasarte
I love shimohira!!!!!xD
Sigue asi tio que vas genial, y espero tener mas informacion de eso que he leido de tu novela.
Saludos.
Gracias Rubén
La novela avanza bastante bien (no todo lo rápido que podría porque ya tengo clase en la facultad, pero avanza, jeje).