[El joven Ming y las Gracias perdidas] Cuando todo comenzó
by shimohira
Y he aquí la primera parte de las nuevas aventuras del joven Ming. Cuando todo comenzó es una pequeña puesta en escena para introduciros en el contexto de la historia. Para las próximas entregas, espero que os guste el trasfondo, porque estoy explotando toda mi imaginación a pleno rendimiento para poder crear un mundo lo suficientemente complejo como para que los personajes cobren vida propia. Muy pronto el primer capítulo.
Dice un códice escrito hace ya siglos:
“Y descendieron del cielo brillando como las estrellas prendidas en el firmamento. Una a una cayeron en una fina lluvia dorada que inundó la Tierra de bondad y ternura, otorgando un don a once damas que pasaron a ser princesas de la Humanidad.
Ellas eran las Gracias de Dios y pronto sus nombres corrieron prestos con el viento, haciendo de su existencia un tesoro envidiado por todos los hombres pudientes del Imperio. Su fama se extendió por el Continente y sus encantos enamoraron a gobernantes y nobles, quienes de una u otra forma intentaron hacerse con los dones llovidos del cielo. La codicia del hombre no conocía límite ni remedio.
Sin embargo algo terrible sucedió. La avaricía corrompió sus corazones y las Gracias desaparecieron en un mes gris de otoño. Nunca más se supo de ellas.
Desde entonces algunos piensan que Dios las devolvió a su propio reino por ser el hombre no merecedor de tales dones. Otros opinan que algún rey avieso las raptó para recluirlas en altas torres en algún paraíso perdido…”
El joven Ming leía presto y muy despierto las hojas del códice polvoriento. Sus tapas duras de cuero viejo y tela raída se desprendían parcialmente por las esquinas desgastadas con el paso de los siglos. Allí de pie, en medio de unas penosas ruinas en pleno desierto de Gobi, bajo un sol amigable pero cruel a la vez, Ming sostenía incrédulo todavía el pesado libro en sus manos. Por su frente las gotas de sudor hacían carreras para determinar cuál llegaba antes a los labios del joven, donde sin duda experimentaría un sabor salado nada agradable.
A unos metros de él y al cobijo de una sombra proyectada como una espada amenazante por una roca vieja, el maestro Yang-Li meditaba en silencio con la vista fija en el horizonte. Se mesaba con sumo cuidado la larga perilla blanquecina casi argéntea y de vez en cuando movía la cabeza afirmando a interlocutores invisibles para Ming. Ya no podía aguantar más.
-Maestro, siento interrumpirle en medio de sus divagaciones, pero sigo sin entender por qué estamos aquí.
-¿Has leído ese códice? -replicó sin dejar de mirar al horizonte.
-Sí, y por muchas vueltas que le dé me sigue pareciendo una leyenda popular de la vieja dinastía Quong. Meros sueños de algún poeta hábil con las letras o cantares de tiempos pasados para rememorar algún acontecimiento especial.
-¿De verdad crees eso?
El joven Ming pensó unos segundos la respuesta. Su maestro era un hombre muy agudo y dado a guardarse siempre algún as en la manga, siempre listo para lanzar una aplastante réplica y desmontar hasta el más convincente de los argumentos.
-Sí… es imposible que lluevan dones del cielo. Los dones son cualidades desarrolladas gracias a la experiencia y vivencia de los hechos. No hay nada innato mas pequeñas aptitudes que pueden inclinar a un individuo a realizar mejor su tarea que otro semejante. Además, usted me enseñó a no creer en Dios.
-Yo te enseñé a no creer en Dios, no en dios -con sus palabras hizo notar Dios con de mayúscula.
-Tiene razón, me he expresado mal.
En su silencio el viento llenó el vacío con un sibilante sonido traído de la inmensa llanura térrea que llegaba más allá de los confines de la vista.
-Como veo que no te convezco, mi joven aprendiz -rompió el anciano-, te invito a que examines las ruinas que tengo a mi espalda.
Ming se acercó a la piedra más próxima y la comprobó con detenimiento. Estaba muy desgastada pero había claras evidencias de que en una época remota había formado parte de una estructura diseñada por el hombre. A su lado, en otra piedra de similar tamaño monolítico, un grabado casi borrado por el azote de la arena y el viento se imaginaba con facilidad. Era la imagen de unas personas adorando al cielo de donde unas diminutas estrellas, como polvo fino, descendía hasta tocar el suelo.
-Y como esos hay más, todos representan algún pasaje del códice -irrumpió el maestro Yang-Li-. Y dime ahora… ¿no te parece que aquí habitó un pueblo desconocido para los historiadores de nuestro Imperio?
El joven Ming no daba crédito a sus ojos. Habían descubierto una nueva cultura, un nuevo pueblo perdido… tal vez una civilización entera.


Comentarios
Qué guaiii!
Promete mucho, queda de peli de aventuras ^^
La música es preciosa x cierto
La música es de lo mejorcito del mundo. Tchaikovsky es sin duda mi autor favorito, me pone los pelos de punta en cada una de sus obras maestros, y he de admitir que no hay día que me acueste sin escuchar algo suyo mientras disfruto de mis tazas de té al calor de la pipa
[...] shimohira Retomo las historias del joven Ming con la continuación de aquella primera parte introductoria. La verdad es que entre las prácticas de la facultad, la novela, la saga cyberpunk de Ellen y el [...]