[El joven Ming y las Gracias perdidas] Flores en penumbra

by shimohira

Retomo las historias del joven Ming con la continuación de aquella primera parte introductoria. La verdad es que entre las prácticas de la facultad, la novela, la saga cyberpunk de Ellen y el joven Ming estoy saturadísimo, eso sin contar mi nueva afición a escribir haiku, las lecturas que tengo entre manos, los poemas en verso libre que tanto parecen gustar y los concursos literarios a los que me tengo que presentar por aquello de hacerme un hueco. Siento que mi cabeza va a explotar con tantas historias a la vez. Lo bueno es que explotará haciendo lo que más me gusta: transmitir escribiendo.

Foto por josuef.stuefer

Foto por josuef.stuefer

Foto por PixelPlacebo

Foto por PixelPlacebo

Pasaron dos semanas desde la exploración del Gobi y Ming seguía teniendo dudas acerca de la existencia de las Gracias perdidas. Nunca dudaba de su maestro pues sabía que era uno de los hombres más eruditos del Imperio, posiblemente del Continente, pero aquella empresa hacía crecer largas sombras en el pensamiento del joven.

La lluvia agresiva descendía como flechas afiladas sobre los campos manchados de tonos grises y pardos. Los caminos de tierra se volvían inaccesibles por el barro y los árboles parecían entonar tristes melodías de desconsuelo y soledad. En el cielo oscurecido por la amenazante capa de nubes negras que descargaba con furia su ira, las aves volaban prestas en busca de cobijo seguro. A pesar de ser de día el sol yacía muerto y ausente: era el funeral de un rey que ya no estaba presente.

El joven Ming y su maestro Yang-Li aguardaban pacientes bajo el techo de paja de un banco de peregrinación. La ropa totalmente mojada pesaba en el ánimo de los viajeros mermando la luz que guía sus pasos por los senderos del Imperio.

Por lo alto del camino, más allá de unos arrozales y un pequeño jardín con árboles frutales, una figura se tornó visible para llamar la atención de Ming.

-Maestro, mire allí.

El anciano giró la cabeza con gesto calmado y observó con atención desde sus cejas plateadas. Una gota de lluvia le resbalaba por la larga perilla.

-No me equivocaba.

-¿Cómo dice, maestro?

-Joven discípulo, ¿sabes por qué estamos aquí, verdad?

El muchacho bajó la vista a la tierra oscura y fijó su atención en la punta de sus zapatos, con los que describía amplios círculos unos encima de otros en movimientos caóticos y desordenados.

-Estamos aquí porque el Códice habla con relativa exactitud de un poblado antiguo donde vivió una de las once Gracias -el maestro se respondió él mismo al no escuchar palabra de su aprendiz-. Como ya te expliqué, en base a los cálculos del número de arrozales desde el poblado de Quong y la ubicación de ciertos elementos naturales como el río Xing y la arboleda del cerro, hemos podido determinar la situación del poblado que aparece en el Códice. Para nuestra sorpresa, sigue existiendo una aldea pequeña muy cerca, solamente hay que mirar al camino para ver las casas -dijo señalando con el dedo temblorosamente-, pero el nombre no coincide con el del libro.

Foto por sendusout

Foto por sendusout

El joven Ming seguía describiendo círculos en la tierra mojada.

-Soy consciente de que esta búsqueda de las Gracias no te parece una empresa interesante, pero te aseguro que dentro de muy poco apreciarás el atractivo de toda esta aventura que no ha hecho más que comenzar.

El muchacho levantó la cabeza y observó a su maestro, quien seguía con la vista perdida en el camino. Él sabía que se estaba comportando como un niño pequeño al no confiar en su maestro, pero… ¿no fue su mismo maestro quien le enseñó a mantener en todo momento una actitud crítica hasta con las cosas más obvias?

La figura que bajaba por el camino pasó a ser silueta con los metros, y con la cercanía de los pasos tornó en bella mujer que caminaba casi levitando. En la mano sostenía un paraguas hecho con cañas de bambú y que apoyaba sensualmente en su hombro izquierdo. Su traje floral de colores vivos y llamativos parecía un punto de luz en la oscuridad del día lluvioso. Ming pensó que era la mujer más bella que jamás había visto.

Al pasar por enfrente suya, la mujer miró directamente a los ojos de Ming y sonrió dulcemente. El joven se percató de que a cada paso de la mujer flores negras crecían en la tierra convertida en lodo. Las flores se marchitaban en fragmentos de tinieblas y sus cenizas volaban con el viento en cuestión de segundos. La mujer terminó por desaparecer fundiéndose con el aire, evaporándose en la nada del espacio vacío para dejar en Ming la impronta del miedo de lo irracional.

-¡Qué ha sido eso, maestro!

El anciano contemplaba el espacio donde había desaparecido la mujer con actitud preocupada.

-Es sin duda una Gracia perdida.

-¿Cómo dice?

-Acabamos de presenciar un fenómeno que se escapa a mi entendimiento, me temo.

Yang-Li parecía inquieto y nervioso, y pronto el joven Ming se contagió de su maestro. Aquello que había sucedido no podía ser real.

Un soplo de aire violento levantó por completo el techo de paja dejando caer la lluvia sobre los viajeros, y su ropa se volvió a calar formando oscuras manchas allí donde la piel entraba en contacto directo con la tela. A la altura de los ojos de Ming y a poco más de tres metros una mariposa negra revoloteaba despreocupada sin dirección aparente.

Pronto se le sumaron un millar más.

La densa ola negra que formaban las miles de mariposas parecía bailar bajo la lluvia. Se agitaba y torcía como el cuerpo de una experta bailarina de Corte, atractiva y seductora a la vez que irradiaba miedo e inseguridad. En el camino empezaron a brotar flores de pétalos negros y pistilos amarillo reluciente y de sus hojas pequeños brillos diminutos ascendieron hacia las nubes.

La voz de una mujer llegó hasta los oídos del maestro y su joven discípulo entonando una melodía aterradoramente dulce.

-Flores en penumbra -murmuró Yang-Li

-No consigo escucharle bien, maestro.

El canto de la mujer hacía imposible la comunicación.

-Flores en penumbra, mi apreciado discípulo -le miró a los ojos y arqueó las cejas en un gesto de humildad compasiva-. Estamos condenados a un final trágicamente bello.

La oscuridad les envolvió engulléndolos en las fauces invisibles de un ser monstruoso. Desaparecieron sin dejar rastro alguno.

Foto por Anita363

Foto por Anita363