Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En noviembre - 25 - 2009

Tenía un problema muy gordo entre un pelo mágico y unas botas de tacón y a mi mente-interruptor no se le ocurre otra cosa que imaginar un relato como el siguiente. Es una historia fantástica, concretamente la continuación de Decisiones Divinas. Esta vez la acción poética bailará al son del filo que corta el viento.

Foto por EJP Photo

Foto por EJP Photo

Cuando Ichiro comenzó la ascensión hacia las cumbres nevadas las flores en el  borde del camino se marchitaron a la par dejando en el suelo un rastro seco de pétalos marrones que se desquebrajaban con el viento que soplaba impetuoso. El color primaveral de la baja falda de la montaña tornó en blanco inmaculado, pues Ichiro apenas tuvo tiempo de ver la nieve caer.

Todo sucedió muy rápido; la Diosa no quería que aquel hombre profanase su  sagrado altar.

Sin embargo, lejos de desistir y dar la vuelta a casa, Ichiro se apretó fuerte el kimono y comenzó a caminar por el manto blanco que tenía por delante. En él dejaba impresas las huellas de su amor hacia Saya, cada paso que daba era una prueba de la voluntad de los hombres, inexpugnable atolón de corales que resplandecía fuerte ante la ira de lo divino.

Saya era una diosa menor, una de las muchas que vivían en los campos, en las flores,  en los bosques, ríos y piedras, mariposas y aves viajeras, y que con su eterna gracia y mística belleza servía a la Diosa de las Cumbres, aquella que tenía entre los pliegues de sus sedas el destino de los hombres de la tierra.

Un ruido ensordecedor rasgó la tranquilidad de la montaña nevada y trajo consigo un alud tan alto como el bambú. La marea blanca que se levantaba en polvo fino de nieve triturada se acercaba a Ichiro con gran velocidad. A su paso los árboles caían con la facilidad infantil de un niño en un mundo de adultos, creando parda destrucción que manchaba lo puro y prístino de la nieve. Ichiro con la destreza que le caracterizaba se hizo a un lado en el preciso momento en el que un tronco arrancado le silbaba en la cara, dejando en su piel una sangrante cicatriz. Por suerte pudo encontrar resguardo en las fisuras de las rocas y vio pasar ante sí un mar embravecido de nieve colérica, ansiosa de sangre humana.

Tras unos minutos de descanso se decidió a proseguir aún con el corazón en vilo. El frío empezaba a afectar sus extremidades que no podían evitar temblar de forma compulsiva, aun así él siguió con su empresa; alcanzaría la cumbre aunque le costase brazos y piernas.

Dejó atrás bosques desolados y rocas fragmentadas. Las aves en el cielo migraban hacia zonas más seguras, de mil en mil, formando densas nubes oscuras que se confundían con el amenazante gris de la niebla que descendía desde lo alto. De repente, cuando ya llevaba unas horas caminando y tras parar a descansar en tres ocasiones, la Diosa mandó su siguiente amenaza, esta vez en forma de feroz oso pardo de Hokkaido.

La bestia corrió hacia Ichiro y se alzó sobre dos patas para asestar el único golpe que necesitaba para matar a un humano. Con las afiladas zarpas en alto rugió al cielo para romper un claro de nubes en el denso mar oscuro que había en el firmamento. Lanzó su ataque.

Ichiro lo esquivó justo a tiempo para poder desenvainar a medias su katana, nunca se le olvidará el sonido de las zarpas de aquel animal chirriando a lo largo del metal de su sable. La fuerza del impacto le despidió violentamente hacia atrás entre gritos de dolor inhumano, casi se rompe las falanges de las manos al bloquear el ataque del oso. Cayó rodando camino abajo cerca de treinta metros acumulando kilos de nieve dentro de su kimono. La cabeza le daba vueltas y el frío le impedía pensar con normalidad, solamente el dolor de sus dedos muertos le mantenían con consciencia. Mientras intentaba elevar el punto de gravedad a la normalidad el oso corría hacia él tan rápido como los relámpagos en las tormentas de verano.

Embistió con toda su masa corporal estampando a Ichiro contra una roca que sobresalía de la nieve. Su dentado filo rasgó sus vestimentas y le regaló un profundo corte vertical en la espalda. Notaba la sangre calentar aquellas zonas de su piel que tocaba en su lento y denso descenso.

Entonces la escuchó, una voz femenina y dulce, familiar para su mente aturdida. Lucha. Pelea. Continúa… ¡Sobrevive!

Poseído por una fuerza cálida y tierna que nacía de su pecho, Ichiro desenvainó con rapidez su espada. Decenas de gritos ahogados en la miseria del caído en batalla inundaron todos los rincones de la montaña. El filo de “Llanto de luna” relucía incandescente. En los ojos de Ichiro no había signos de vida, pero aún así su cuerpo se movía mecánicamente, con voluntad propia.

Practicó una finta alrededor del enorme cuerpo del oso y con una ágil estocaao hundió el filo de la katana en la gruesa piel del animal. La sangre le salpicó el rostro. La bestia enfurecida intentó alcanzar la cabeza de Ichiro pero éste se movía con una destreza eterea, flotante; bailaba con los copos de nieve que movía el aire. Lo último que recordó era su katana cortando una y otra vez al oso que cada vez se enfurecía más.

Minutos más tarde despertaba cansado pero caliente sobre el cuerpo del oso ya muerto. No notó el dolor al principio, pero cuando se incorporó alejándose de las tripas salidas del animal se percató de la punzante sensación en el hombro izquierdo. Allí estaba todavía la garra del animal clavada en su clavícula, desgarrando su piel y dejando correr la sangre libremente por el pecho desnudo. Imaginó las bacterias e infecciones que sufriría por aquello pero sin pensarselo demasiado tiró hacia afuera del brazo del animal. Gritó como un poseso.

Tambaleándose prosiguió con su caminó, apoyándose de vez en cuando en la vaina de su katana a modo de bastón. No podía descansar, tenía que llegar a la cumbre para vengar a Saya.

No sentía frío a pesar de ir medio desnudo, como tampoco padecía el dolor de una dura batalla a muerte con la Naturaleza. Él todavía no lo sabía, pero el espíritu liberado de su amada orbitaba incesante a sus espaldas, creando una cálida manta invisible para su debilitado cuerpo y esperanzas renovadas para su dañado corazón. Un aura protectora viajaba con él.

Pronto llegaría a la cima.

[Continuará]

2 comentarios hasta el momento.

  1. winga dice:

    Joooo pero que triste!!! me da tanta pena que este sin Saya… Pobre Ichiro T_T

  2. shimohira dice:

    A mí lo que me da es frío xD