Sigo con Keko y su paseo por el bosque. ¿Qué le pasará esta vez al muchacho?

Foto por djringer
Al principio los tambores se escuchaban débiles; golpes que retumbaban incesantemente en la espesa lejanía del bosque. Pero poco a poco se fueron haciendo más presentes hasta que Keko, asomándose por entre unos arbustos de frutos rojos y pequeños, pudo ver un poblado en una especie de celebración.
En el medio había una hoguera que crepitaba con furia, y arrojaba sus flamígeros brazos hacia las personas que estaban a su alrededor. Un segundo círculo más amplio daba vueltas lentamente con pequeños saltitos marcados por el ritmo de los tambores. Los músicos estaban en una esquina de la plaza.
Las personas del primer círculo estaban vestidas con largas vestimentas de color ocre, y sobre sus hombros llevaban las pieles y cabezas de diversos animales; pero sobre todo de toros y osos. Aquello asustó a Keko, y para evitar gritar se mordió la lengua con fuerza.
Al lado de los músicos había una gran mesa baja, compuesta por varios tablones de madera muy verde, que estaba repleta de platos y fuentes con comida. Frutas de colores muy vivos y carne recién asada que humeaba hacia el cielo. A Keko se le hizo la boca agua y decidió dar un rodeo para intentar acercarse al banquete. Cuando estuvo a un tiro de piedra de la gran mesa buscó un arbusto lo suficientemente poco denso como para dejarle pasar sin magullarle demasiado, y cuando lo encontró, se coló reptando como las serpientes.
Alargó el brazo hacia un cuenco repleto de manzanas muy rojas, y cuando creía que ya tenía algo para llevarse al estómago una fuerte mano le asió de la muñeca y le alzó en volandas. Era un hombre con una cabeza de tigre sobre sus hombros. Podía ver su verdadero rostro por entre los colmillos de la bestia, y no supo decidir cuál daba más miedo.
Keko gritó todo lo que pudo intentando escaparse de su captor, pero lo más que consiguió fue que le metieran en un saco de arpillera.