Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En febrero - 2 - 2010

Una vez más os pido perdón por la falta de contenido del blog; los exámenes ya han llegado a mi vida y estaré esta semana y la que viene muy ocupado con ellos. De todas formas, voy escribiendo un poquito cada día para ir teniendo borradores e ideas. Hoy os dejo la continuación de “La leyes de la selva”. Espero que os guste.

Foto por drp

Foto por drp

Una sombra alargada agita las ramas de los árboles en lo alto y hace caer con estrépito un par de cocos al suelo. El Clan de la Caverna se detiene en seco y forma un círculo bien cerrado. Naya queda en medio sin saber qué hacer.

-Abre bien los ojos -dice Zarpa, el oso que había servido de montura hasta hace poco-. No sabemos qué es.

Naya traga saliva y hace caso, pero no consigue ver nada, sólo el verde de la selva perforado aquí y allá por el dorado del sol. No muy lejos otro árbol se agita y esta vez caen ramas partidas al suelo, las hojas descienden más lentas como si bailaran por capricho.

-Sea lo que sea se mueve muy rápido -dice otro oso con una gran cicatriz en el hocico. Tiene los músculos muy tensos.

-¡Allí! -grita Naya.

Lo ve durante una fracción de segundo y después desaparece. Es una silueta alargada y sombría con forma de persona, y donde tendrían que estar los ojos hay un par de esferas rojas muy redondas. Se funde con el aire como si fueran uno y acto seguido aparece unos metros más allá como por arte de magia. A Naya le recuerda la ceniza de las hogueras cuando sopla el viento en la playa.

-¡Naya, usa el arco! -la voz del oso penetra en sus oídos al mismo tiempo que pierde definitivamente de vista a la sombra.

Cierra los ojos e intenta concentrarse en el objetivo. Primero siente la selva y después los árboles, desciende lentamente por el tronco de uno de ellos y conecta con las raíces. Están nerviosos. El aura subterránea está muy agitada, como si una tempestad hubiera azotado un mar del tamaño de una pequeña bañera. Por más que recorre el perímetro no detecta vida alguna, es más, los árboles empiezan a apagarse y todo se vuelve gris en su mente.

-¡Algo pasa, la selva está volviéndose gris!

Una flecha atraviesa un arbusto a gran velocidad y alcanza de refilón la pata de uno de los osos, provocándole un rasguño superficial que sin embargo no deja de sangrar lentamente. La flecha queda clavada a los pies de Naya, y ésta puede ver que no es una flecha normal y corriente; es una vara negra que se evapora en el aire en diminutas burbujas que absorben la luz de su alrededor. En pocos segundos ya no queda nada en el suelo, simplemente el agujero que dejó.

-Oguma, Tsume y yo iremos tras ese cobarde -dice Zarpa, jefe del clan-. Hikari y Noire, vosotros os quedáis aquí con Naya -y sin decir nada más, los tres grandes osos se adentrán sin vacilar en la vegatación de la selva.

-Naya, permanece alerta, ya hemos visto cómo actúa esa cosa -dice Noire señalando con su hocico la herida en la pata. Sigue sangrando.

-Deja que te cure -propone Naya arrondillándose ante el gran muslo herido-. En teoría esto lo sé hacer bien…

Coloca ambas manos sobre el corte y cierra los ojos. Un resplandor blanquecino brota de sus palmas y comienza a suturar la carne abierta con un hilo etéreo que parece flotar en el aire.

-Qué haríamos sin las sacerdotisas de la selva -Hikari sonríe como solamente puede hacerlo una osa-. Tenemos mucha confianza en ti, Naya…

Un silbido agudo perfora el follaje de los árboles y se clava en la tierra como una cama de púas bocabajo. Hikari cae al suelo enfrente de Naya; tiene un agujero en el cráneo por donde se desprende un fino hilo de sangre oscura que marca la trayectoria de la caída en el aire. Sus ojos todavía con vida miran al infinito de la selva. Pero su sonrisa ya está apagada.

-¡Hikari! -grita Noire cubriendo a Naya con su cuerpo-. ¡Hikari!

Un cuerpo no más grande que un lobo salta desde las ramas de las palmeras y aterriza a escasos metros de ellos. Es una figura humana pero totalmente negra, como la noche cerrada en los templados inviernos de la isla. Camina encorvada y muchas veces a cuatro patas, como un perro, pero claramente tiene la fisiología de una persona. No lleva ropa pero tampoco le hace falta, pues es totalmente liso. En vez de ojos tiene las esferas rojas que Naya había visto antes. Está paralizada por el miedo que le infunde la criatura.

-¡Naya, atrás! -Noire se lanza hacia delante y falla el zarpazo. La criatura es muy rápida.

En los siguientes segundos se suceden los zarpazos uno tras otro a la velocidad del rayo. Pocas veces consiguen alcanzar su objetivo, pero cuando lo hacen, en vez de provocar una herida, lo único que hacen es salpicar el aire con más burbujas negras que se comen la luz del ambiente, como la flecha, pero con la diferencia de que la criatura no desaparece.

Noire gira sobre sus cuartos traseros para evitar la finta de la sombra, se levanta sobre ellos y descarga todo su peso sobre el enemigo. Por un momento lo que parece la cabeza de la sombra desaparece, dejando en el aire un rastro de burbujas negras suspendidas, sin embargo, otra cabeza vuelve a brotar del cuerpo.

-¡Es como si fuera aire negro! -exclama Noire desesperado.

La sombra se escurre por entre las patas del oso y le toma la espalda, lo que la permite tirarle al suelo de un golpe tan sólido como las rocas. Naya no entiende cómo algo tan gaseoso puede hacer eso.

-¡Noire! -Naya quiere ayudar, pero las rodillas le tiemblan de terror.

Entonces sucede lo peor; la criatura parece alargarse momentáneamente y luego se comprime mucho más. Los hilos blanquecinos que suturaban la herida de Noire se desintegran y del corte empieza a emanar más sangre que antes. El oso gime de dolor y ve cómo la sombra se introduce en su propia carne menzclándose con la herida.

-¡Noire! ¡Nooo! -Naya corre hacia el oso pero éste la tira al suelo al levantarse-. ¡Noire! ¿Estás bien?

El oso no se mueve con naturalidad, sus articulaciones chirrían y la cabeza la tiene girada en una postura muy incómoda. Sus ojos ya no son ojos; son dos esferas rojas. Sonríe con malicia y se lanza con la zarpa en alto sobre Naya.

La niña cierra los ojos y aprienta fuerte la boca. Tiene miedo.

[Continuará]