[Las leyes de la selva] Memorias de verde

by shimohira

Hace unos días decidí colaborar en Dandel.net por una simple razón; me apetecía volver a escribir en la Blogosfera sobre Japón, anime y manga. Esto no supondrá un descenso en el número de relatos que publicaré por aquí, aunque tenéis que tener en cuenta que las dos próximas semanas estaré un poco desaparecido debido a los exámenes en la facultad. Y sin más, volvamos con Naya.

Foto por aussiegall

Foto por aussiegall

Naya galopa de cara al viento a lomos de un oso de tres metros de alto. Las pequeñas hojas verdes de la selva golpean su cara a medida que se abren paso entre la maleza. Olores refrescantes inundan sus sentidos y la sumen en los mares de su memoria. Cierra los ojos y recuerda.

El pequeño río que serpenteaba con aguas cristalinas por entre los árboles parecía entonar una bella canción. La época estival había llegado a su máximo esplendor y el rey sol abrigaba a las criaturas de la tierra en un cálido abrazo de ternura y pasión. Asta caminaba de un lado a otro haciendo resonar sus pasos en un intento casi fallido de captar la atención de la pequeña Naya.

-El viento que proviene de los mares susurra a los que tienen atento el oído, ¿es ese tu caso, Naya?

La niña mira al ciervo y sonríe con autosuficiencia.

-¡Sí!

-Bien, dime qué te canta el viento de los mares.

-Dice… que… -se lleva un dedo a la boca y muerde-. ¡Se acerca tormenta!

-Aceptable, pero dice mucho más. Si prestas atención a sus cánticos podrás conocer muchas más cosas, una de las más importantes son las noticias de las aves migratorias. ¿Y sabes por qué? Porque ellas han visto tierras que tú nunca llegarás a pisar.

-¿Y para qué quiero saber yo lo que sucede en un lugar donde nunca estaré?

La pequeña Naya, pequeña pero peligrosa para los maestros experimentados como Asta, tenía una mente despierta e inquieta. Sus preguntas podían poner en evidencia las palabras del más sabio de los animales de la selva.

-¿Para qué quieres saber qué hacen los lemures más allá de la Colina Tumbada? Sin embargo, aunque nunca vayas allí, te importa porque lo que allí suceda tiene consecuencias a este lado de la isla, ¿no es así?

-Sí… -no parecía demasiado convencida con la respuesta de su maestro.

-Bien, dejemos el viento y sus cantos por hoy, vamos a cazar algo para evitar que te quedes dormida -y se perdió al galope entre los helechos de la selva.

-¡Espera!

Naya tardó más de quince minutos en dar con Asta, quien estaba esperándola en una gran piedra con forma de pez. El sol penetraba tímido entre el espeso follaje, proyectando luces verdes que hacían flotar las sombras de los animales.

-Recuerda las enseñanzas; la respiración armónica se basa en percibir los latidos de la presa.

La niña se puso de pie en la piedra y extendiendo los brazos dibujó un arco en el aire. De la punta de sus dedos brotó una luz amarilla que se quedó fijada allí donde sus yemas tocaban las partículas del ambiente. En unos segundos conformó un arco luminiscente que se apagó cuando ella sopló esparciendo polvo dorado a los árboles de su alrededor. Cerró los ojos momentáneamente y tensó la cuerda imaginaria. “La respiración armónica se basa en percibir los latidos de la presa”, se dijo una y otra vez.

Naya intentaba sentir el corazón de la selva tal y como Asta le había enseñado. Primero tenía que sintonizar con los árboles, sentir el movimiento de sus hojas para ir descendiendo lentamente por el tronco, siempre siguiendo el curso de la savia. Cuando llegaba a la tierra comenzaban los problemas; las raíces de los árboles se expandían caóticamente en todas direcciones, y Naya tenía que averiguar la forma de recorrer el subsuelo saltando de raíz en raíz, así hasta que diese con una presa. Una vez que lo conseguía, tenía que volver a sentir, pero esta vez los latidos del corazón de lo que iba a cazar. Normalmente, todo esto suponía para Naya diez o quince minutos, en los cuales, Asta esperaba paciente detrás suya en postura muy atenta.

Encontró un pequeño conejo que comía unas flores no muy lejos de donde ella estaba. Tensó más el brazo y cuando creyó haber sintonizado el corazón del animal soltó la mano. Una flecha etérea recorrió a gran velocidad la distancia e impactó en el conejo. Ya tenía comida.

-Recuerda esto, Naya. No importa a qué distancia esté la presa, las flechas de la selva siempre llegan a su blanco, aunque como ya sabes, a más distancia más difícil es mantener la concentración necesaria para sintonizar correctamente los latidos del corazón.

-Entiendo… -contestó la niña mientras recogía el conejo del suelo. Estaba intacto. Parecía dormir.

-Además, las flechas de la selva son incorpóreas, esto quiere decir que no les importa lo que haya por medio, siempre…

-Siempre llegarán a su blanco -completó Naya-. Ya lo sé, Asta, me lo has dicho mil veces.

Ahora, Asta, con quien había compartido tantos momentos juntos, podía estar en peligro por su culpa. Tenía que apresurarse.

[Continuará]