Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En mayo - 3 - 2009

Hoy he visto Ballet Shoes, una película para televisión protagonizada por Emma Watson entre otras. He de decir que el papel que más me ha gustado no ha sido el de Emma si no el de Yasmin (Petrova en la película). Posy también tiene su encanto, para qué engañarnos, las tres hermanas Fossil tienen su jodido encanto. Bueno, sea como sea y volviendo a lo que me atañe yo venía diciendo que el siguiente microrrelato me lo ha inspirado esta película. Poco o nada tienen que ver pero Ballet Shoes ha sido la chispa que me ha detonado en este microrrelato y que me ha hecho salir de mi cómoda butaca en el teatro del cyberpunk y novela negra. Me siento algo así como Bisbal cantando nu metal.


La última hoja caía rendida al viento mecedor de aquel vidrioso día de otoño, donde las chimeneas del distrito industrial se alzaban hacia el triste gris del cielo y en las calles terrosas y cobrizas los coches salpicaban agua sucia de los charcos en la calzada. Yo te ví llegar por la Quinta con aquel bonito sombrero francés que tu padre te trajo de uno de sus viajes a Europa y que hacía conjunto con tu vestido de algodón el cual parecía haberse hecho explícitamente para tu delgado cuerpo. Parecías feliz y caminabas con pequeños pasitos distraídos mientras dabas vueltas a tu paraguas, sin atender al peligro que corrían las señoras que paseaban detrás tuyo y que éstas a su vez tampoco se daban cuenta del movimiento del paraguas pues iban hablando de lo suyo. Sentí desde aquella ventana mientras te observaba llegar que las pequeñas cosas de la vida cobraban en ti un valor mayor.

No tardó en sonar el timbre y me apresuré a volar escaleras abajo tropezándome en los últimos escalones, con lo que casi rompo el florero favorito de mi madre, aquel decorado con cisnes en un lago idílico rodeado de fresnos verdes muy vivos. Theresa se adelantó y te abrió la puerta invintándote a pasar dentro como otras tantas veces en nuestra infancia. Después, como solíamos hacer habitualmente tomamos té en la habitación de visitas y yo puse en el gramófono mi canción favorita, aquella de ese cantante norteamericano tan de moda en nuestro país. Charlamos de lo uno y de lo otro sin que mis ojos se pudieran despegar ni un segundo de tu rostro, aquella línea delgada que tenías por labios me hechizaba al compás del aleteo de tus pestañas, seductoras protectoras de aquellos dulces ojos azules con los que tantas veces he soñado. Con ellos parecías divisar el mundo con gran inocencia infantil.

Comentamos con emoción el descubrimiento de Howard Carter en el llamado Valle de los Reyes. Se hablaba de un gran descubrimiento, de nada menos que de la tumba de un faraón egipcio repleta de tesoros antiquísimos. A ti parecía interesarte el tema y eso era una de las cosas que más me gustaban de ti. Bajo tu rostro dulce e inocente se escondía una mujer fuerte y aventurera que no tenía miedo de lo desconocido a pesar de nuestros pequeños 16 años. Tus ojos brillaban de emoción como verdaderas novas celestes cuando hablábamos del antiguo Egipto, de la selva tropical o del Amazonas, pero en realidad ambos sabíamos que eras una persona dependiente de los demás, no por falta de valor y fuerza de voluntad, sino porque eras tan dulce que morirías de verdadera pena si no estuvieras con tus seres queridos.

Pero llegó el momento del adiós y tú me lo contaste todo. Tu carita se tornó triste y apagada y por tu aterciopelada mejilla resbaló una cristalina lágrima que supo amarga en mi boca. Te había contratado la United Artists con un contrato de seis años y volarías la semana próxima a Los Angeles dejando atrás a todas las personas que te habían visto crecer, incluyéndome a mí y a tu hermano pequeño Thomas. Por alguna razón te daba vergüenza mirarme a los ojos y yo te dije que no estabas haciendo nada malo, pues bien sabido era por todos que tu gran sueño era la interpretación. Era consciente de que en aquel momento tenía que darte fuerzas para cumplir tu deseo de ser actriz porque como dije eras una persona que no podrías vivir sin el abrazo de tus seres cercanos, más que nunca necesitabas mis palabras de apoyo a pesar de que con cada una de las frases de ánimo que salían de mi temblorosa boca, un poquito de mí moría dolorosamente de tristeza. Decidí que no eran momento para mostrarla.

El día llegó y te despedí serenamente en el muelle de embarque. Me tranquilizaba diciéndome que allí cumplirías tu mayor sueño y que verías cosas muy bonitas, pero también me prometí a mi mismo que no te olvidaría hasta tu regreso, para ello tú me regalaste un bonito retrato tuyo con aquel vestido de tu madre que tanto te gustaba lucir en las fiestas. Nos mantendríamos en contacto por correspondencia y me prometiste que me contarías la verdad de todo lo que se habla en Londres sobre Norteamérica. Sonreía ante el gran buque pero la verdad es que mi corazón lloraba por dentro.

Los años pasaron y tú te hiciste una gran estrella de cine. Tu fama cruzó el océano y llegó al Viejo Continente con fuerza y esperanza; una joven británica triunfaba en Hollywood. Pero al final no regresaste y renovaste tu contrato por otros tantos años más. Tu carrera parecía no padecer de las leyes de la gravedad, subía y subía pero nunca bajaba. En parte me alegraba mucho de ello y te animaba desde los teatros de Londres, pero yo sabía que lo único que deseaba era volver a verte en persona, tomando té como solíamos hacer de niños y disfrutando de tu agradable sonrisa. Verte una vez más para que de nuevo me pareciese que las pequeñas cosas de la vida cobran un valor mayor con tu clarificadora presencia.

1 comentario hasta el momento.

  1. [...] by shimohira Creo que he hecho un descubrimiento de poca relevancia; a las mujeres de entre 18 y 30 años no les gusta Emma Watson como actriz porque tienen celos de ella. No soy un admirador suyo pero me gusta su forma de actuar, sobre todo una vez que ves Ballet Shoes. En su tiempo, dicha película me inspiró un relato que podéis leer haciendo click aquí. [...]