Tercera entrega de la saga “Nubes en el cielo”. De momento me gusta la forma que está tomando; he cogido cariño a las chicas de la historia.
La nieve desciende del cielo en un ballet concertado por las fuerzas del viento; oro blanco en esencia cristalina que refleja mil farolas en sus diminutas estrellas, diez mil destellos proyectando la magia invernal sobre una ciudad apagada por las llamas de la guerra en el mundo.
London camina por la acera con paso lento y distraído, observando el trajín de la calle y admirándose con la fuerza de voluntad de aquellas personas. Tres años han pasado desde que Ellen se despidiera súbitamente y se marchase de Brighton en busca de una vida repleta de sueños y fantasías de la infancia. No tuvo que pasar mucho tiempo para que London pudiese verla en las salas de cine; Ellen brillaba en la gran pantalla como las estrellas en el firmamento, llenando de color los fotogramas a pesar del blanco y negro de la época. London está muy orgullosa de ella, pero también muy melancólica.
Cada vez se ven más aviones surcar el cielo como pájaros en plena migración, grandes bombarderos alemanes con destino Londres para sumir la ciudad en un caos de ruinas pétreas y polvo ceniciento que se mete en los pulmones de los niños y mujeres. London ha tenido que aprender a ponerse una máscara de gas en menos de un minuto. La capital del país puede quedar en ruinas, pero la moral del Reino Unido jamás decaera, o eso es lo que dicen los periódicos; la realidad está bastante lejos de los titulares.
De poco en poco, uno de los aviones es un transporte aéreo de correo transatlántico cargado de paquetes, cartas y víveres varios. Entre todo eso viajan las cartas que escribe Ellen con letra pulcra y minimalista, hojas enteras de vivencias en Hollywood y grandes fiestas en Los Angeles, sin embargo, cada vez llegan menos cartas. London que está muy centrada en sus estudios matemáticos sobre la teoría de números de Pierre de Fermat, intuye que la causa de que reciba menos cartas de Ellen está en una mezcla de razones obvias de logística -la Segunda Guerra Mundial se cobra muchos aviones en el aire-, y un variado de hechos fácticos dados en California, concretamente en Hollywood, en otras palabras; Ellen no tiene tiempo para escribir a London. Al menos eso es lo que quiere pensar ella desde el consuelo de los números, pues en las probabilidades lógicas bien podría entrar con cierto peso relativo el hecho de que Ellen ya no quiera escribirla.
Así que London pasea por la calle mientras contempla los Spitfire volar entre las nubes grises mientras de ellas la nieve cae lentamente en grandes copos blancos. Se pregunta cuántos cazas alemanes derribarán hoy en el Canal de la Mancha.
Si al menos tuviera un medio de transporte seguro para llegar a Estados Unidos, iría a verla, pero los submarinos alemanes hunden a diario barcos de la Marina Real y otros tantos de la mercante. El cielo es más seguro, pero no del todo, y conseguir un visado en plena guerra es algo por lo que London no puede pasar. Además están sus estudios…
Un camión militar gira la curva y salpica de aguanieve negruzca todo lo que estuviese en un radio de tres metros, incluyendo a London. El camión se aleja a gran velocidad quedando en una simple mota verde diminuta donde no se pueden distinguir las cabezas de los soldados que se embarcarán para luchar en Francia. Otro camión; esta vez London ha aprendido la dinámica de la nieve derretida en la calzada.
Un cartel enorme en la puerta del cine muestra una joven de grandes ojos vivos y de sonrisa perlada. Ver a Ellen allí es tan ilusorio como imaginársela a su lado, sin embargo no puede evitar tocarla la mejilla de celulosa mojada por la nieve y estremecerse en lo más profundo de su alma. ¿Qué estarás haciendo, Ellen?
El ruido de los motores de los Spitfire retumba en su cráneo como una banda de percusión.
Cree ver a su amada en cada esquina, pero siempre, sin cabida al error, termina desapareciendo entre la nieve.

Bueno te voy a comentar a ver si asi apareces (aunq se que no xDD) y sigues con la historia, parece mentira que haga falta que te lo diga…Me encantan estas chicas ya lo sabes, pero quiero un final feliz!!!
Yo soy como el Genio de la lámpara; me llaman y aparezco (como mínimo me entero, otra cosa es que quiera aparecer, muahahaha).
A ver si termino la saga, que le queda poco y menos, pero esta noche no será, porque tengo en mente otra cosa