Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En diciembre - 17 - 2009

Este verano tras volver de un viaje de 1 mes por media Europa y conocer muchos lugares, sentir sensaciones y vivir experiencias únicas, decidí crear el “ciclo de ciclos”. La idea era tan potente que contraté con la excusa de la amistad a una fotógrafa y todo. Tenía la música perfecta, fotos y una historia en mi cabeza que pedía a gritos ser liberada. Así que un 8 de octubre de 2009 decido hacer un primer borrador, que por cierto, podéis leer haciendo click aquí, pero ahí se quedó el proyecto.

Es hora de redimirme. Es hora de crear “Nubes en el cielo”.

Foto por Max

Foto por Max

London y Ellen compartían más que un pupitre en la escuela parroquial, sus habitaciones eran las dos caras de una misma pared, así que dormían cabeza con cabeza a pesar del muro de ladrillos que las separaba. Además de ser vecinas y compañeras de clase, London y Ellen eran grandes amigas, las mejores de todo Brighton. Se conocieron cuando London llegó desde Essex y fue presentada en la única clase de primero de primaria. Cuando sus miradas se cruzaron en el corto espacio de aula que las separaba supieron instantáneamente que habían nacido para estar juntas.

La sorpresa llegó cuando Ellen regresaba del colegio aquel mediodía. Durante todo el camino no pudo olvidar la sonrisa de su nueva compañera, era una imagen tan feliz que se sentía realmente bien cuando la recordaba. En las escaleras de entrada al viejo edificio donde vivía se había formado cierto jaleo, al parecer, unos nuevos inquilinos llegaban al piso que habían dejado vacío los McKee días atrás. Los mozos de la mudanza transportaban grandes bultos envueltos en plásticos transparentes, mientras, una señora de pelo liso y largo daba nerviosas indicaciones a los trabajadores que parecían ignorarla. Ellen se quedó petrificada cuando descubrió que la hija de los Rose, los nuevos inquilinos, no era otra que London, su nueva compañera de clase.

Desde aquel maravilloso día, London y Ellen compartieron las mejores experiencias de sus infantiles vidas. El paso de diez largo años no pareció afectar a su íntima relación, que parecía permanecer tal y como era durante los primeros días de su encuentro.

Las primaveras sucedieron a los fríos inviernos una y otra vez hasta que las chicas cumplieron 16 años. Para entonces, las dos juntas ya podían conseguir cualquier reto que se propusieran. Por difícil que fuera siempre salían adelante. Atrás quedaron los años de colegio y enseñanza. Lo poco que ganaban sus familias apenas llegaba para el alquiler del piso, la ropa y la comida. Ellen trabajaba como oficinista en un edificio moderno del centro de la ciudad, mientras que London, fue de las primeras mujeres reclutadas para el esfuerzo bélico de la patria. Las tardes oscuras de aquel otoño pasaban muy lentas tras los grandes ventanales del cuartel agrietado, donde London, terminaba su turno a las ocho de la noche con la espalda dolorida y la vista cansada. Su trabajo era mecánico y aburrido; clasificar fichas perforadas con información de la Unidad de Radio y Transmisiones; Alemanía había invadido Polonia y a los ingleses les inquietaba el hecho.

Cada noche cuando las luces se apagaban en el barracón número cuatro y las tres decenas de mujeres volvían agotadas a sus casas, London se distraía mirando el firmamento desde un viejo embarcadero sobre la suave arena de la playa de Brighton. Pocos minutos más tarde solía llegar Ellen, quien se descalzaba para no hacer ruido y con el cuidado infantil del que vive en la inocencia susurraba bonitas palabras de consuelo. A London le gustaba que Ellen llegase inesperadametne por detrás y le dijese todas aquellas cosas al oído en un tono de voz tan bajo que hasta las olas del mar sentían curiosidad. El pelo se le erizaba desde la nuca hasta los brazos, y aunque sabía de antemano que Ellen llegaría en algún momento, London cada noche fingía que era la primera vez.

-El uniforme militar te sienta muy bien -era la apertura favorita de Ellen. Después la cogía por la solapa y asentía con una sonrisa tímida en los labios-. Definitivamente me gusta.

London no podía más que mirarla a los ojos, donde el reflejo de la luna proyectaba sueños fractales en progresión aritmética; dos distraídas esmeraldas que en las noches de otoño brillaban con el fulgor de las batallas narradas en los libros de Historia.

-Deja que me pruebe el uniforme…

Después se abrazaban y se fundían en un único cuerpo que resplandecía entre la frescura de la brisa marina. Labios tornándose en amalgamas de pasiones cohibidas, sentimientos encerrados en cárceles interiores donde las llaves no tienen cabida alguna. Un secreto que debían mantener en el silencio de lo desconocido a pesar de sentir lo que nunca dos humanos habían sentido.

Que dos mujeres se quisiesen en el Reino Unido era como que el cielo y la tierra no estaban separados. Pero allí, bajo el abrigo de la arena y junto a los llantos de las olas rompiendo en la costa, London y Ellen podían ser ellas mismas, expresar su amor y vivir de forma plena, solamente con la luna por testigo y los luceros como guías indelebles del camino a seguir.

Cuando la última hoja de roble tocó el suelo en un remolino de marrones pardos como un mosaico térreo dispuesto por capricho divino para deleite de los hombres, London decidió que explotaría la Ley Fisher de 1918 para seguir con sus estudios; estaba interesada en física y matemáticas. Ellen disfrutaba más la felicidad de London que la propia London, así que la ayudó con sus padres quienes eran reacios a que su hija mayor estudiase en lugar de trabajar por la familia y el país. Juntas consiguieron de nuevo lo imposible; ingresaría en el Instituto para formarse de cara a la universidad. Aquello costaría una buena suma de dinero, así que London tuvo que trabajar a tiempo parcial en el negocio de un familiar como dependienta. A la Marina Real pareció darle igual su deserción.

London pasaba cada vez más tardes enfrascada en complejas lecturas que para Ellen significaban todo en el universo. Ella no comprendía ni una fórmula que los ojos de su alma gemala devoraban con rauda impaciencia, pero el simple hecho de verla tan contenta y sonriendo a escondidas cuando terminaba de comprender un teorema era razón suficiente para querer ella también a las matemáticas.

De esta forma llegó el verano y con él el bueno tiempo definitivamente. Sobre un prado verde expuesto a la belleza de un mar lleno de reflejos y destellos brillantes, London leía tirada en la hierba un fabuloso libro de Bertrand Russell. Ellen apareció como siempre por detrás y se quedó muy quieta a su lado, contemplándola disfrutar con cada página que pasaba entre sus delicados dedos. Le besó la mejilla cuidadosamente y London contestó con una amplia sonrisa. Después otro beso.

-Me gusta cuando lees -la voz de Ellen era sincera y llena de ternura-. Eres London en esencia pura.

-¿Cómo es eso? -London rio sin borrar la sonrisa de sus labios.

-Tus ojos brillan de ambicion y fuerza. Es lo que más me gusta de ti; te propones lo imposible para otros.

London dejó el libro sobre la hierba y con las manos liberadas peinó el flequillo de Ellen. Su cabello bailaba con el viento que venía desde Francia formando en el aire formas suspendidas de etérea magnitud. Cuando London se miraba en sus ojos verdes Ellen siempre se ruborizaba como una niña pequeña. Después descendió su mano por el cuello de Ellen y notó el calor de su cuerpo fluir por su interior, hasta llegar al pecho, donde el corazón latía con fuerza y velocidad.

-Tú también me gustas mucho.

Se besaron dejando volar el viento entre sus mentones, canales invisibles de balsámico aroma que creaban el Edén en la Tierra.

Cuando London se separó del rostro de Ellen notó que tenía las mejillas mojadas; Ellen estaba llorando. Sus lágrimas emitían brillos bajo el sol, simplemente como el mar.

-London… -comenzó entre sollozos-. En unos días parto a Estados Unidos.

El corazón de London describió la arcotangente más perversa de la trigonometría. Sus cerebro impactado por la fuerza de las palabras de Ellen no podía ni reaccionar, así que sus ojos lloraron días después, cuando ella ya no estaba.

4 comentarios hasta el momento.

  1. Skryte dice:

    No soy muy seguidor de este tipo de relatos, pero este me ha gustado especialmente.

    PD: he tenido que volver a abrir la musica en otra pestaña, porque no me cargaba de nuevo en el enlace que tu pones

  2. shimohira dice:

    Hay veces que le tienes que dar 2 o 3 veces al botón de play para que empiece a cargar. No tengo ni idea por qué, supongo que será en momentos de máximo uso del servidor de Goear.

  3. winga dice:

    A mi me funciona siempre a la primera, nunca me ha dado problemas, a saber xq es…
    El relato me ha gustado mucho, muy romantico :D , voy a leer el siguiente y espero que se reencuentren, no me gustan los finales tristes…

  4. shimohira dice:

    ¿Final triste? ¿Feliz? Aaaaa~~~