Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En abril - 7 - 2010

Un pequeño relato sobre el paso del tiempo y mundos olvidados. Personalmente me ha gustado mucho.

Foto por Stock in Customs

Los rayos de sol se colaban por las grietas e impactaban directamente contra el suelo de cerámica rota. Las piedras que conformaban los muros estaban tan deterioradas que en algunas zonas el muro no existía. En la zonas donde sí lo hacía, las cicatrices de la impronta del tiempo dejaban pasar un magnífico espectáculo luminoso.

El techo, como los muros, se había venido abajo en gran medida, por lo que el cielo se podía divisar entre las hileras de bancos de madera vieja ya carcomida. Las nubes cruzaban con parsimonia el inmenso azul que radiaba en todas direcciones, una sensación de plenitud invandió el corazón de London cuando respiró el aire balsámico de la antigua capilla.

Quién diría que en medio del bosque quedaran en pie los restos de una antigua capilla glumeria, aquella civilización que por ser tan antigua ni se tenían datos escritos sobre su existencia. La única prueba de que estuvieron allí eran los restos, que como la capilla, permanecían desafiantes al paso del tiempo.

London recordó la primera vez que se aventuró en el bosque con su hermano. Tan sólo eran unos chiquillos y jugaron toda la tarde a los exploradores. El cielo era tan azul como entonces. Los pájaros trinaban desde las ramas y marcaban el sendero de una London risueña. Pero después de Aquello todo cambió, y London derivó en una persona apagada y consumida. Por eso el hallazgo de la capilla encendió una pequeña llama en su corazón; porque aquellas piedras agrietadas habían evocado en su memoria los tiempos en los que podía sonreír con tranquilidad.

Dedicó diez minutos a pasear por entre las columnas que quedaban en pie. Observó con gran detenimiento los glifos grabados en la piedra y las imágenes de carros tirados por criaturas ya extintas. Su abuelo le dijo una vez que las gentes de los prados del sur los llamaban caballos, y que hace siglos eran usados como medio de transporte común. A London se le hacía raro pensar en un viaje a lomos de un animal.

Un jilguero voló por el tejado y se introdujo en un capitel agujereado. Aquel hecho hizo que pensara en los agujeros que había por toda la capilla; piedras, madera, mármol, cerámica… en todas partes había orificios del tamaño de las bellotas, y tenían además el aspecto de haberse practicado en ráfagas consecutivas. Con ira y odio.

-¡London! ¡London, querida, dónde estás!

Una mujer asomó por uno de los rincones donde el muro había desaparecido.

-Por fin te encuentro. El maese Treband lleva casi media hora queriendo reanudar la marcha, y su humor ha empeorado tanto que ya no es tolerante para las exploraciones de una chiquilla como tú.

-Marcia, ya no soy una chiquilla -contestó London con enfado.

-Yo sí que no soy una chiquilla. ¡Mírame! ¡Vieja y cansada, incapaz de interesarme por los placeres del bosque!

-Mejor nos ponemos en marcha -comentó London mientras se acercaba a Marcia-. No queremos que maese Treband acabe fulminado por su impaciencia, ¿verdad?

1 comentario hasta el momento.

  1. Grimya dice:

    Que bonito relato, me ha gustado mucho. En un principio me ha recordado a las sensaciones que me ofreció el Shadow of the collossus, una especie de paz y nostalgia. Enhorabuena por él ;)