Me ha gustado tanto el otro relato que me he visto obligado a darle continuación.

Foto por René Ehrhardt
Las nubes corren en el azul del cielo y el balsámico del aire flota hacia las fosas nasales de Jim. Está algo nervioso, no demasiado, pero algo sí. En la mano sostiene una hoja de papel pulcramente impresa por la impresora de la secretaría del instituto, en ella, hay párrafos que contienen líneas, líneas que contienen palabras y palabras que no significan nada de por sí, pero que leídas en su conjunto de párrafos conexos con coherencia interna válida para la mente de cualquier persona que domine el idioma, significan cosas muy serias, y Jim lo sabe. La hoja también tiene un bonito sello del centro.
Sobre los hombros la mochila, y en su interior los libros y cuadernos. Los dragones volaron lejos hace rato, justo cuando el jefe de estudios le decía a Jim que tenía que empezar a comportarse debidamente. Los dragones le dijeron a Jim que se iban hacia el este porque allí hacía un tiempo más agradable, así que Jim salió de la jefatura de estudios con la cabeza metida en viajes ficticios hacia Oriente.
-Señor Hoffard -decía el jefe de estudios mientras Jim solamente veía barcos de vapor que seguían muy de lejos la estela de fuego de los dragones-, debe usted entender que su comportamiento requiere de una sanción proporcional, ¿comprende?
-Sí, señor, comprendo -estaba mucho más calmado.
-Bien, pues entregue esta hoja en su casa y mañana venga a mi despacho a las diez de la mañana.
-Muy bien, señor, así lo haré.
Jim camina con la cabeza baja dando patadas a una lata vacía de Fanta desde cuatrocientos metros atrás. Habrá dado tres mil patadas por lo menos. En la mano todavía sostiene la hoja de papel y su cabeza sigue enfrascada en los barcos de vapor. ¿Podrá recoger del mar las plumas de los pájaros rojos que se comen los dragones?
-¡Muchacho, cuidado! -grita alguien desde detrás.
Jim para en seco y mira a su derecha. Un coche casi le atropella.
-¿No has visto que estaba en rojo? -le pregunta un hombre mayor una vez que lo ha agarrado y subido a la acera.
-No, señor, no lo he visto.
-Ten más cuidado la próxima vez, podría pasarte algo malo.
Se despide con la mano y le deja allí, en el mismo paso de cebra con el semáforo en rojo que casi le quita la vida.
¿Cuánto tardarán los dragones en llegar a Oriente?
Sube la cuesta del parque sin ganas y se tumba en la hierba húmeda. Le gusta hacer eso porque desde allí tiene una vista perfecta de su barrio. No tiene intención de subir a casa en seguida.
-¡Vapor a Oriente! ¡Vapor a Oriente! -grita un joven marinero desde la barandilla de un barco terriblemente viejo-. ¡Vapor a Oriente!
La gente corre y se empuja para subir por la pasarela de madera podrida. Una pareja de marineros cargan con poleas unas cajas enormes de madera con agujeros. Seguro que llevan dragones.
-¡Vapor a Oriente!
-¡Ya voy, ya voy!
Jim se agarra a su mochila y se zambulle en la multitud. ¿Aguantará el barco tanto peso? Una vez a bordo se percata que es un barco muy bien equipado, sobre todo muy limpio. Los marineros son todos hombres jóvenes que llevan un uniforme blanco y azul, típico de marinero por otra parte, pero muy cuidado, muy aseado. Parecen más sacados de un anuncio de perfume que de un barco de vapor.
-¡Nos vamos! -la voz de un hombre de avanzada edad truena en la embarcación, sin duda el viejo capitán, por lo menos tan viejo como su barco.
La brisa marina le azota en el rostro y le despeina más de la cuenta. El olor a mar abierto inunda sus fosas nasales. Está en el Paraíso.
¿Habrán llegado ya los primeros dragones a Oriente? De ser así, Jim espera poder encontrarlos algún día.
[...] Abstinencia [...]