Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En abril - 6 - 2009

El texto de esta segunda entrega de Versum-relatos pertenece a nuestra colaboradora winga. Es un texto que cuando lo cogí no le vi ningún sentido, pero cuando pasaron cinco jodidos segundos desde la primera lectura, seguramente mientras me sacaba un moco o me rascaba la cabeza, o la nalga derecha, vete a saber, se me ocurrió una versión que me obligó al instante a ponerla en marcha. Pero no fue así, simplemente hice un boceto mental de mi versión y lo anoté en el bloc de notas. Hasta que hoy martes (sí señores, justo las 12:00) lo he escrito haciendo un experimento: mientras me metía un lingotazo de whisky. Nunca escribo ebrio, pero hoy me apetecía ver qué coño salía. No podré decir si salen cosas buenas porque lo que tenía que versionar era de por sí muy raro, así que habrá que probar en otra ocasión. A ver qué os parece.

La Bola ,por winga.

Hacía frío esa noche y aún así ella tenía calor. ¿Por qué corría? Ni ella misma lo sabía, pero aún así seguía corriendo, paso a paso avanzando hacia no se sabe dónde. En un momento determinado paró, y se empezó a reír entre jadeos. ¿Por qué se reía? No estaba muy segura, pero había recordado la imagen de su mejor amiga diciéndole que estaba con “la neura” y que algún día iba a hacer una locura. No se lo dijo en broma, sino seria y preocupada, pero ahora mismo a Brooke le había parecido de lo más cómico.

Cuando dejo de reírse, algo más calmada, observó a su alrededor y descubrió casi con sorpresa que se encontraba muy cerca del polígono industrial. Conocía ese camino de memoria, ya que la finca de su abuelo estaba muy cerca de allí, pero algo estaba distinto y no conseguía averiguar qué era. Empezó a caminar lentamente hacia uno de los edificios más altos, era uno de esos construidos por bloques, había visto su construcción desde el primer día, primero las vigas y luego enormes paredes de cemento puestas igual que piezas de Lego unas sobre otras, algo que le resultaba de lo más curioso. Al acercarse más se dio cuenta, lo que no cuadraba en la escena era la luz, una luz que se estaba reflejando en la puerta del edificio y que la hacia brillar como si tuviese un foco cerca. Brooke sabía que a esas horas de la noche no había nadie trabajando, y le extrañó que pudiese haber luz en alguna parte, así que se puso a mirar de dónde provenía.

Siguió acercándose, y por extraño que parezca no conseguía encontrar el foco, empezó a pensar que se estaba volviendo loca cuando volvió a ver algo extraño, más luces se movían en dirección a La Bola. La Bola era el gran misterio de aquel lugar, una bola blanca del tamaño de una casa que estaba en medio de la nada justo en el límite del recinto del polígono. Brooke la llevaba viendo allí desde hacia aproximadamente un año, y ni su abuelo que pasaba por delante todos los días, ni los trabajadores del polígono sabían para qué servía o porqué estaba allí. Le dio miedo, pero su curiosidad pudo más, así que no dudó en seguir a las luces que iban en dirección a La Bola. Cuando estaba más cerca intentó ver de dónde salían esas luces que se movían, pero aún no estaba lo suficientemente cerca, y sin sus gafas no iba a ver nada, así que pensó que lo mejor era seguir el camino lleno de zarzas por si acaso ya que era menos visible que el principal. Al llegar a una distancia de unos 15 metros y tapada por las enormes zarzas se incorporó y descubrió qué eran esas luces que estaban empezando a meterse en la bola, algo que ni en sus peores pesadillas habría podido imaginar…

La Bola ,por shimohira.

La noche estaba cerrada y en el cielo la Luna brillaba por su ausencia. La brisa gélida soplaba sin cesar débilmente, como helados hilos de frío que penetraban por la ropa y llegaban hasta los huesos, entumeciéndole todos los músculos. Aún así tenía calor, tal vez porque se tiró un buen rato corriendo, seguramente sea por eso. Corría sin saber por qué. ¿Se necesita alguna razón para correr? Alguien cuerdo diría que sí, pero ella no entraba dentro de esa clasificación. Más de una vez la habían llamado “loca”. Otras tantas veces “psicótica”. Y otras muchas “puta”, “zorra”, “guarra”… Tanto hombres como mujeres. Las mujeres porque decían que ella se comía a todos los chicos que conocía (literalmente), y los hombres por lo mismo. La vida es así de simple.

Se paró en mitad de la carrera jadeando y entre sudores. Chorreaba desde la nuca y le bajaba caliente hasta los pechos. Estaba excitada. La camiseta que llevaba debajo de la sudadera se le quedaba pequeña. El fino vello de su nuca y espalda se erizaba poco a poco según el placer se apoderaba de ella. Explotó en carcajadas. Reía sola en medio de aquel descampado oscuro, en medio de nada. Sin embargo, ella notaba que la nada albergaba el todo porque tal vez, y por alguna remota casualidad que la vida le deparó a su nacer, su “todo” estaba compuesto por “nada”.

Alzó la vista como lobo cazador en paraje de Luna llena y observó con desdén que estaba muy cerca del nuevo polígono industrial. Los faros de las obras iluminaban con fuerza el perímetro de la construcción y se podía observar desde su posición a los obreros trabajar en lo alto. Un poco más allá, donde los palés de ladrillos se perdían entre los montones de vigas estaba lo que en el barrio llamaban La Bola. Era una estructura con forma de balón enorme que nadie sabía para qué servía. Un chico de clase la dijo una vez que allí guardaban tecnología alienígena. Claro, que ese mismo chico le dijo una vez que se montó una orgía con la mitad de chicas de tercero A inclusive la profesora de dibujo.

Con curiosidad se acercó a las obras. La cabeza la daba tumbos. “Me cago en la puta, no tendría que haber corrido” se dijo. Seguía sudando y el roce de la camiseta con los pezones erguidos la producía una extraña sensación de placer que la incitaba a seguir caminando hacia La Bola. No le resultó difícil llegar hasta la verja de alambre que separaba el páramo del perímetro en construcción. Entonces lo pudo ver claro; La Bola estaba siendo pretendida por centenares, millares, de luces blancas que intentaban entrar, pero por alguna razón que su vista no llegaba a alcanzar no podían hacerlo. Serpenteaban grácilmente alrededor. En compás armónico.

Un vórtice doloroso la sumió en un caos mental momentáneo. Las pupilas se le dilataron al máximo. Salivaba más de la cuenta. Los sudores calurosos se tornaron fríos. Se desplomó de rodillas al polvoriento suelo y apoyó las manos en el suelo. El sudor y la saliva caían a goteros en vertical. Algo iba mal. Algo sucedía en su interior. Vomitó violentamente. El sabor gástrico inundó su boca, era un sabor amargo pero su mente lo recibió con dulzura.

Entonces supo lo que sucedía allí. “Joder, estoy preñada”.