Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En abril - 28 - 2009

El siguiente texto no versiona directamente a otro, es más, no versiona a ningún texto en concreto, es un pequeño homenaje que quiero realizar a todas aquellas personas que quebrantan la fidelidad y la lealtad que se debería guardar, a todas aquellas personas que muestran falsía, en otras palabras; a la figura del traidor. El traidor fue, es y será uno de los pilares básicos de la novela negra y del cyberpunk. Hoy pretendo mostrar con todo mi ponzoñoso cariño y en párrafo breve cálido y dulce pero directo viperino una de las facetas de estas adorables personas. Que se levante el telón, porque nunca antes me había sentido tan magnánimo y a la vez tan vicioso.

Quemando goma, por shimohira.

Conducía con los ojos bien puestos en la carretera, la cara tensa en marcada mueca de rabia y cigarrillo casi consumido en mi reseca comisura. Las últimas cenizas de la marchita colilla manchaban mi gabardina en una polvorosa lluvia de sales alcalinas, térreas, sílice y óxidos metálicos. No hacía ni tres horas que Chad me había traicionado, se había ido con ese bastardo maricón de Andrew Ryan por un par de sucios millones, tal vez tres, dejándome a mí, Marcus Nicklaus en la estocada tras siete años de amistad en el cuerpo de policía de Los Angeles y otros tantos años en la agencia de detectives que montamos juntos. “Buenos tiempos para el espionaje” me decía noche sí y noche también mientras nos bebíamos unas copas de Bourbon. Lo que no sabía es que también eran buenos tiempos para la traición.

El alcohol y las drogas que me acababa de tomar me empezaron a surtir efecto en la cabeza, comencé a sentir con desmesurada hiperrealidad el tacto suave del volante acariciado por mis nerviosos dedos, a mi alrededor decenas de luces pasaban a toda velocidad dejando tras de sí un rastro luminoso que yo me limitaba a seguir. Dos horas antes, al rato de enterarme de la desbandada de Chad decidí coger el coche y salir volando hacia Hollywood donde sabía que el cabrón de Ryan tenía un gabinete. Entraría por la puerta grande recortada en mano y haría escupir por la propio boca de Chad la verdad del asunto. No me creía que fuera capaz de abandonarme justo en aquel momento, justo cuando teníamos entre las manos al malnacido de Ryan y sus estafas multimillonarias con las patentes de los discos ópticos. Tenía que pensar que le obligaron a traicionarme, tal vez amenazaran a su mujer y a su hija con una muerte lenta y dolorosa tras una larga violación pero algo en mi interior era consciente de que eso eran cuentos chinos.

Metí quinta y aceleré haciendo saltar seguramente todos los radares de velocidad. El frío tacto del cromo de mi revólver y su peso en la gabardina me recordaban que todavía tenía un fiel socio, uno que siempre estaría dispuesto a matar por mí. Llegué a la puerta del gabinete de Ryan y estacioné el coche en batería apagando los faros y el motor, se hizo el silencio. Aguardé un minuto en el interior para no levantar sospechas innecesarias mientras revisaba el número de cartuchos que tenía a mano. La ira me subía por la nuca reclamando soluciones, todavía no me podía creer que justamente  él me traicionase pero algo me decía que tarde o temprano pasaría, no exactamente aquello pero sí algún disgusto, nunca me imaginé que fuera tan gorda la movida. Hice girar el tambor del revólver y salí del coche. El frío me abofeteó en la cara con violencia. “Prepárate puto traidor, porque voy a desatar una guerra aquí en el maldito Hollywood”.