Meta-Relatos

Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.

Escrito por shimohira En abril - 14 - 2009

Con todo esto de las vacaciones de Semana Santa no he tenido tiempo de preparar un Versum-Relatos, así que he decidido para no dejar a nadie con las ganas (si es que hay alguien ahí al otro lado) versionarme a mí mismo, es decir, a mí subconsciente. Muchos de mis textos están improvisados, yo diría que un 60%. No del todo, nacen de una idea, un tema, un objeto y de ahí voy escribiendo según la marcha. Hoy me propongo a improvisar 100%, desde el tema inicial hasta el título. No pienso hacer un relato corto de mis temas favoritos, a saber, putas, drogas, mafia, guerra, soledad… pienso hacer algo totalmente experimental, así que no os asustéis, pero bueno, como es improvisado a saber qué cojones sale de mis putos dedos esta vez. Desde ahora mismo, comienzo a exprimir mi coco [voy a por una copa de algún vino caro de mis padres, eso ayudará].

El sentido de la vida, por shimohira.
“Me cago en tu puta madre, Meryl, me cago en tu puta y jodida madre”. Caminaba con las manos en los bolsillos apretando fuerte la tela intenrior de ambos lados del pantalón, ya sabéis, el saquito ese que forma el bolsillo en sí. Hacía un frío tal que recordaba al invierno ya pasado, y yo como un gilipollas llevaba pantalones cortos y una sudadera fina de verano. Las luces de las farolas iluminaban mi andar por la sobriedad de la noche madrileña. No sé qué tendrán las luces de las farolas de Madrid que me hechizan. “Joder, qué falló. Algo se hizo mal”. Di una patada a una lata vacía de Fanta y rebotó con sonoridad en el semáforo de la esquina, un perro alzó la cabeza del cubo de basura que hurgaba para vigilarme y al entender que yo no quería su cena siguió a lo suyo.

“Ya sé lo que voy a hacer”, me tranquilizaba yo mismo, “iré mañana temprano y pediré uno grande, qué digo, el más grande”. Un bar despedía un fuerte olor a comida. Estaban cerrando y la ventanilla de la cocina estaba medio abierta. No había comido nada desde el desayuno y por un momento se me pasó la idea de convertirme en un vulgar delincuente; entrar dando cuatro jodidos gritos, tirarme un farol de tres pares y pedir algo de comer. Pero eso sí, con estilo, pediría una copita de vino de la casa y un plato de sopa caliente, un poco de pan y algo de pescado. La idea se esfumó tan rápido como vino. Más abajo había un parque vacío, de esos infantiles con un porrón de columpios de madera y pintados de colorines. “Perros no” rezaba un cartel en la entrada. “Amigo, tú decides si cruzar o no”, me dije a mí mismo. Aquello fue muy patético, yo mismo sabía que el chiste que me había auto-contado no tenía ni puta gracia. Aún así, forcé media sonrisa y entré con la cabeza baja, por eso del autoestima.

Me senté en un columpio de cadenas gruesas y comencé a balancearme con los pies. Débilmente. Quería saborear aquel momento. No sabía por qué pero me estaba gustando. Un vórtice huracanado de ideas penetró en mi sesera abriéndome bien los ojos. Mis pupilas se dilataron. Mi piel se sensibilizó al máximo. Los pelos se erizaron. Casi sufro una erección. Entonces lo tuve todo muy claro, como si aquel regreso a la infancia me hubiera enseñado muchas más cosas que años de universidad. Bajé de un salto y aterricé sobre la arena con firmeza. “Joder”, dije en voz alta, “esto es como para escribir un relato”. Salí con paso ligero de allí y encaré directamente hacia la casa de Meryl. Si me daba prisa llegaría antes de las cuatro de la madrugada, más tarde me daba cosa hacerla abrir la puerta. Casi al trote llegué al portal y la llamé al móvil. A los pocos segundos una cabeza con melena larga y oscura se asomaba por la ventana del segundo.

-Qué coño quieres a estas horas -se notaba su enfado-. Tenía entendido que no querías volver a verme.

-Mira, lo siento, estaba equivocado. Tenías razón. ¿Pero sabes? Estaba embobado en un parque aquí cerca, dándole al columpio de los niños pequeños cuando lo vi todo muy claro.

-Qué chorradas dices, estás bebido. No sabes ni lo que dices -hizo amago de cerrar, pero yo creo que lo hizo a drede, es decir, hacerse de rogar, ya sabéis cómo son las mujeres.

-¡No, no, espera! -detuve su “intento” de cerrar la ventana-. Es verdad lo que te digo. Quiero pedirte disculpas, tenías razón.

-No te dejaré subir y disfrutar del calor de mis sábanas hasta que no escuche de tus propios labios lo que quiero oír.

-¡¿Qué leches quieres oír ahora?!

-Mira que cierro -dijo levantando la voz.

-Vale vale, lo diré.

-Bien alto por favor.

-Bien… pues… Esto es muy duro para mí, ¿lo sabes no? Y aún así me haces decirlo -ella asintió con la cabeza. Pude ver su sonrisa de oreja a oreja. Aquello no sé si me alegró o me enfureció en cierto sentido-. Bien, allá va: Resident Evil es mejor saga que Silent Hill y además es el mejor survival horror jamás creado. ¿Contenta?

-Sube, capullo.

El portal se abrió con el ruido típico de los telefonillos. Había entendido el sentido de la vida.

*Dedicado a Álex y todas las personas que ponen en entredicho la diversión de los zombies. ¡Joder, detrás tuya, un podrido!

**Dedicado a aquellas chicas que solamente existen en una proporción de 1/10000 y que aman los zombies, los videojuegos y llevar camisetas universitarias cinco tallas más grandes.

***Dedicado a ti lector por leer tanta gilipollez, joder. Te tendría que poner un monumento.