Ya iba tocando algo que no fuera de temática amorosa. Os dejo con un relato negro de detectives.

Foto por Greything
Aquella última semana antes de retirarme me cambió completamente la vida. Empecé con ilusión lo que sería mi último caso pero pronto mi energía tornó en desesperación. La falta de pruebas y la constante imagen de aquella niña muerta en mi cabeza no me dejaban progresar en la investigación. Les pondré al día.
El día 16 de octubre fue hallada una niña muerta en un piso de Madrid. Presentaba varios cortes en brazos y piernas pero la causa de la muerte fue un traumatismo craneoencefálico producido por un objeto romo y contundente. El forense examinó el cuerpo y pudo dictaminar que los cortes habían sido realizados después de su fallecimiento. Todos ellos presentaban una profundidad similar y eran perfectamente simétricos, lo que nos llevaba a un ensañamiento brutal.
La chica estaba vestida cuando la encontramos, pero en el análisis posterior se descubrió que había más de aquellos cortes por todo el tronco. Las fotos que me mandaron me horrorizaron. Los cortes rectos y limpios formaban la figura de un árbol cuyas raíces terminaban en la vagina de la niña. El jodido asesino había usado su cuerpo para poner en práctica sus dotes artísticas. Desde el primer momento pensé que era algún tipo de mensaje oculto, sentí una extraña conexión con el demente y supe que estaba intentando comunicarnos algo, pero no sabía el qué.
El análisis del piso no dio resultados concluyentes. Ninguna huella sospechosa ni tan siquiera un solo pelo. Pero el problema no había hecho más que comenzar.
Días después hallaron otro cuerpo más, esta vez en un aparcamiento al aire libre a las afueras de la ciudad. Era una chica joven y presentaba los mismos cortes que la niña, pero esta vez el asesino había elegido dibujar una bañera con olas cuyo desagüe, adivinen, era la vagina de la víctima. Tanto la niña como la chica compartían el mismo grupo sanguíneo y además compartían el mismo color de pelo y ojos. Sin embargo, en el aparcamiento pudimos dar con una pista que nos mantendría vivos durante unas horas; era la capucha de un bolígrafo manchada parcialmente con sangre. Llegué a la conclusión de que el asesino dibujaba su “obra” antes de llevarla a cabo en la piel de las víctimas.
Esperanzado por poder hallar una huella en el objeto, mi ánimo se esfumó cuando no pudimos sacar nada en claro. Interrogué personalmente a los familiares de ambas víctimas desarrollando una amplia base de datos donde crucé todo tipo de variables, pero no pude encontrar nada relevante. No había ninguna conexión más allá del pelo y los ojos entre la niña pequeña y la chica joven, quien fue identificada como una universitaria de la Complutense. Estudiaba en la Facultad de Biología y decidí pasarme por allí a ver si algún compañero podía aportar algo sobre sus últimas horas. Por lo que pude extraer, la joven había asistido el día de su muerte a clase y después comió con unas amigas. Estuvieron unas horas en la biblioteca terminando un trabajo para una clase y después se fueron a tomar algo a Moncloa, donde se despidieron para siempre.
Vivía el día aterrorizado y las noches las pasaba en completa desesperación. No conseguí conciliar el sueño durante días temiendo en lo más profundo de mi corazón que el asesino apareciera de nuevo, y así fue, tercera y última víctima; una anciana en el portal de su vivienda en el centro de la ciudad. Presentaba el dibujo de una calle urbana en pleno diluvio, y su vagina era esta vez la tapa de una alcantarilla abierta por donde se colaba el agua de lluvia. Sus ojos seguían el patrón del homicida y en su juventud disfrutó del mismo pelo rubio que las dos víctimas anteriores. Aquel bastardo era un demente, y seguía suelto.
Sin embargo algo me llamó la atención. No me cuadraba aquel saltó tan grande de años. La primera víctima tenía siete, la segunda veintidós y la tercera setenta y ocho. Algo me decía que todo aquello todavía no había terminado. Cada día regresaba a casa y me sentía frustrado. No era capaz de mirarme al espejo por vergüenza y empecé a discutir más a menudo con mi mujer.
La cuarta víctima llegó con el alba.
Amanecía cansado y mojado en mi cama. Las sábanas estaban cubiertas de sangre y a mi lado yacía el cuerpo inerte de mi mujer. Adivinen; mujer de mediana edad, rubia y de ojos marrones. El dibujo esta vez era una botella derramando su contenido que se perdía en su vagina rasurada.
Entonces comprendí por qué esa sensación de conexión con el asesino.
[...] publicado un nuevo relato negro de detectives. Se titula “Dibujos corporales” y como siempre lo puedes leer en [...]
Joder…que imaginacion tienes como asesino, hijo. Eso de “dibujar” a sus victimas no se me habria ocurrido jamas. Sin embargo como experta en series, libros, y todo tipo de cosas sobre asesinos y detectives…he de decirte que falta el objeto con el que las mataba, y ademas para el detective, el tiempo que estaba siendo asesino que pasaba? no se manchaba de sangre y esas cosas?
Bueno, no he escrito nada sobre el arma ni esas cosas porque creía que con el final es bastante explícito que el tipo está loco y no es consciente cuando asesina.
Además creo que se puede suponer que sería él mismo en dejar ahí la prueba que encontró y seguramente tbm fuera él mismo que diese el aviso. No sé, a lo mejor no es tan implícito.