Juegos absurdos

by shimohira

Hoy he visto Ágora, lo nuevo de Amenábar, y bueno, bastante entretenida pero también bastante aburrida. No sé por qué pero la película me ha incitado a escribir lo siguiente. Cuando lo leáis comprenderéis por qué digo que no sé qué me ha hecho escribir este relato. Creo que algo me recordó a Pulp Fiction.

No juegues con locos, es peligroso

No juegues con locos, es peligroso

Pelo negro, muy corto, a cepillo, sucio, grasiento, muchos días sin una ducha. Gafas de sol en el bolsillo, chaqueta de piel, vaqueros, cinturón ancho, deportivas, sin corbata, por Dios.

Mueca torcida, cejas arqueadas, mirada fija, frente arrugada, una mala hostia increíble. Mano levantada, pulso firme, una gota de sudor resbalando por su sien, un hombre a punto de morir.

-Tienes tres segundos para decirme dónde coño está el cuerpo de la chica.

Silencio absoluto. En la calle la sirena de una ambulancia grita como una adolescente en un partido de fútbol universitario.

-Cuando hablo me gusta que me contesten.

La culata de la pistola surca el aire y golpea la mejilla del hombre haciendo saltar diminutas gotas de sangre densa a su chaqueta de piel.

-Me has manchado la chaqueta, cabrón.

Mira la mancha, después al hombre atado a la silla y después de nuevo a la mancha. Tenía un problema con aquel hombre, le pegó, le ató y le amenaza con una pistola en la cara, pero ahora tiene otro problema; una mancha.

-Muy bien, veo que no quieres hablar.

El disparo recita poesía. Pólvora comprimida en un casquillo de metal. La moqueta se mancha con más sangre. El hombre atado grita de dolor.

-Por última vez, dónde está la chica, y no creas que la próxima vez dispararé tan abajo -dijo señalando con el cañón del arma al zapato agujereado.

-Está en un muelle, en el puerto -su rostro se tuerce hacia todos lados, formando arrugas imposibles.

-En qué muelle.

En la habitación los resoplidos del herido.

-En qué puerto.

Silencio.

Otro disparo. Más gritos. La ambulancia a lo lejos, perdiéndose.

-¡No lo sé, joder! ¡No lo sé!

-¿No lo sabes?

-¡No, joder! ¡Estás como una puta cabra!

-¿Piensas que estoy como una puta cabra? ¿Crees que una cabra haría esto?

Otro disparo. Esta vez una ventana volando en mil esquirlas que reflejan el rostro de terror del hombre atado. Un disparo más; una lámpara que cae al suelo dejando una alfombra metálica y cristalina, fragmentos de bombillas aniquiladas.

-¿Crees que una cabra puede disparar un arma de fuego?

Sus palabras no tienen sentido, él mismo lo sabe. Sabe que está como una cabra.

-Y ahora dime, ¿quién llevó a la chica a ese muelle que dices?

-Carrigan. Fue Carrigan -sus palabras se tropiezan en una carrera desesperada por liberarse.

-Con que Carrigan… ¿y dónde está Carrigan ahora mismo?

-En el muelle, supongo.

-Y no sabes dónde está el muelle.

El hombre atado mira con pavor a la “cabra”.

-No.

-Buen chico…

Se da la vuelta y coge un vaso de plástico verde, lo llena en la pila de la cocina con agua y bebe rápidamente. Se limpia los labios con la manga de la chaqueta manchada de sangre y vuelve con el hombre atado. Le sonríe.

-Todavía no sé qué hacer contigo.

-No hagas nada.

-¿Nada? Buena idea -se encoge de hombros-. Pero si no hago nada… ¿quién vengará a mi pobre amiguita?

Murmullos en la calle. Los vecinos empiezan a juntarse en la acera para ver qué pasa en el interior de la vivienda. Los disparos han alertado al vecindario. Hay que acabar rápido.

-Mi amiguita está muerta, solamente quiero enterrar su cuerpo, ¿entiendes?

El hombre atado afirma con la cabeza. Varias veces.

-Pero el cuerpo sin vida de mi amiguita está en un puto muelle de una puta ciudad costera que tendrá más de cinco puertos… Y claro, eso es una gran jodienda, ¿no crees?

Asiente una vez más.

-Quiero que me digas tu nombre.

-James.

-James qué.

-James Compton.

-Muy bien, James Compton, te diré qué vamos a hacer.

Da una vuelta sobre sus talones y le sonríe como un payaso infantil.

-Vamos a jugar a un juego muy sencillo. Yo pregunto y tú contestas. Con pocas palabras, ¿entendido?

-Sí.

-¿Cuántos años tienes?

-Treinta y ocho.

-¿Estás casado?

-No.

-¿Tienes hijos?

-No.

-¿Conocías a mi amiguita?

-Sí, todo el mundo la conocía.

-Pocas palabras, James. Pocas palabras.

-Vale -en sus ojos el miedo.

-Y ahora viene la mejor parte del juego -dibuja una gran sonrisa y abre mucho los ojos-. La parte en la que mi mala hostia se canaliza desde mi cerebro enfermo hasta mi dedo índice, pasando por los nervios de mi cuerpo y los músculos de mi brazo que accionarán el gatillo para escupir plomo sobre tu asquerosa cara de solterón sin hijos, ¿entendido James?

No contesta. Sus pantalones se mojan sin control. El “hombre cabra” lo ve pero no dice nada.

-Dijimos que contestarías con pocas palabras.

Más silencio. En la calle más gente. Viejas en bata, señores gordos con albornoz. Mujeres maduras con su mejor lencería; siempre es buen momento para ligar con tu vecino jurista.

-James, te toca.

-Sí… -la voz sale a duras penas.

-Muy bien, ¿dónde está el muelle del que hablabas?

Duda unos segundos.

-No lo sé…

-¡Respuesta incorrecta! ¡Pierdes!

Tres disparos. Sangre y un cadáver. Los vecinos gritan horrorizados por el estruendo. La policía aparece por la esquina; dos coches patrullas con las sirena puesta.

El “hombre cabra” se marcha por la puerta trasera. Tiene que encontrar un puerto, un muelle y el cuerpo de su amiguita.

Le prometió un funeral digno.