
"... quién cojones va a saber qué piensa un perro".
Las 2 de la madrugada, mañana me tengo que levantar pronto para ir a la universidad, escribo esto. No tengo otra cosa que hacer, manda cojones. Me gusta la idea del río sucio de noche y el chico sentado en el puente de piedra. Me acabo de dar en cuenta que siento admiración por la luz de las farolas de Madrid. Buenas noches.
Caminaba solo por una calle gris en una noche de primavera. Pasaba por escaparates y escaparates con el toldo echado a un paso ni muy lento ni muy rápido, algo medio y suficiente como para ver de refilón la mercancía expuesta. Un perro callejero comía de un contenedor de basura volcado en la otra acera y al pasar a su altura levantó atentamente la cabeza con las orejas rectas y me miró. Tal vez pensó que quería quitarle su festín, quién cojones va a saber qué piensa un perro. A nadie le importa. Seguramente como pasa con lo que pienso yo.
No hacía mucho frío pero soplaba un aire que me golpeaba directamente en la cara, era bastante molesto la verdad. Había salido a dar un paseo nocturno porque no conseguía dormirme, estaba inquieto, triste, deprimido. Sentía una rabia interior que me obligaba a caminar a pesar de que no me estaba gustando el paseo, a seguir adelante, arrasar con lo pasado y construir algo nuevo. Si no me gusta ya tendría tiempo de volver a arrasar y construir una vez más. Pienso que mi vida se basa en eso, y tal vez eso me ponga más triste aún. Doblé por la esquina del mercado y bajé hasta el paseo del río alumbrado por la débil luz de las farolas madrileñas. El tono amarillo muerto, naranja pálido y seco me pone muy triste. Me hace pensar en la soledad y me disgusto.
Bajé hasta el Puente de Segovia y me quedé mirando el río fijamente. Estaba oscuro y no se podía distinguir muy bien lo que había allí abajo, de todas formas a nadie le gusta mirar un río tan sucio como el Manzanares a su paso por Madrid. Muchas veces pensaba en él y no entendía por qué no se hacía nada al respecto. Con lo bonito que tendría que ser ver a los patos felices en sus casetas flotantes y a las gaviotas limpias. Claro que si el río estuviera limpio seguramente no hubiera gaviotas. Me subí a la piedra del puente y me senté lateralmente apoyándome en uno de esos pivotes también de piedra que hay, ya sabéis, de esos redondos y que algunos tienen una cara pintada con spray. Pensé con las manos en los bolsillos de mi sudadera que la vida era muy corta y que siempre sucedían las cosas que uno no quería que sucediesen. SIempre que deseas algo con todas tus fuerzas las posibilidades del hecho se reducen drásticamente. Me preguntaba el por qué y tras desechar varias hipótesis negativas me quedé simplemente con la idea de que Dios era un gran hijo de puta.
Bajé de la piedra más triste todavía. No sabía a dónde ir. No quería volver a casa y dormir en la misma cama de siempre. La idea de ir a clase por la mañana me reventaba la cabeza, algo en mi interior me decía que debía mandar todo a tomar por el culo. Decir adiós y dar kaputt a mi vida. Coger un tren con los pocos ahorros que tenía y bajarme en la estación más lejana, en el quinto coño. Tras dar unas patadas a una lata de Coca-Cola que había en el suelo se me pasó algo el mosqueo.
Hacía más frío que antes. Decidí volver a casa por el mismo camino. Subiendo el puente salté hacia el lado derecho de la acera. “No pises los charcos” me dije, “es lo que te faltaba joder”.
Foto: arne boell