Me siento malo, oscuro y sucio, sobre todo sucio. Es como si me hubiera caído por el agujero del alcantarillado y hubiera aterrizado en un río de heces, un lugar precioso y hediondo donde la mierda resalta la porquería de compresas usadas, pañales y biomasa en descomposición. ¿Que qué pasa? Que viene un microrrelato de novela negra, eso pasa. La música no puede pegar mejor con el texto, estaréis de acuerdo conmigo, nótese las ironías de la vida.
Foto por Ferran
Alguien tenía que morir en aquella habitación de mierda y ese no iba a ser yo, eso me juré cuando me encañonaban con una del .45 directamente en la frente. Los ojos de aquel malnacido parecían no tener fondo, eran dos pozos negros de alquitrán espeso que me revisaban de arriba a abajo con sed de sangre, o eso descubrí por fortuna cuando me abrió la cabeza con una botella de whisky, porque al principio creía que me miraba porque le ponía cachondo.
¿Cómo había llegado a esa situación? A ver, hagámos memoria juntos, pero no perdáis el hilo que me jode repetir las cosas dos veces. Por encargo de un importante cliente (el Departamento de Policía de Madrid) iba tras la pista de un tipo que había matado a siete personas en menos de una semana, o al menos eso creían ellos, pero a falta de pruebas sólidas me habían encargado el trabajito a mí para quitarse ellos el muerto de encima. Sea como sea, aquel tipo, gordo y de muy mal ver, no era trigo limpio. A mí sinceramente me importaba una mierda quién fuera ese fulano y a qué se dedicaba por las noches, pero me parece de un gusto pésimo cargar siete muertes sobre los hombros de un desgraciado cualquiera.
Seguí durante un par de noches al gordo en cuestión y pude comprobar de primera mano que los gordos también tienen agilidad, o al menos éste, no veáis cómo se me escapó la noche en la que se dio cuenta de que le seguían. Me pegué una carrera que ni en mi época en la academia militar, y tras vomitar un par de veces en el camino pude ver cómo se metía el condenado en un bar de mala muerte a las afueras de la ciudad. Con la manga de la chaqueta me limpié la boca de bilis y entré sin pensar demasiado en las consecuencias, primera cagada.
Una vez dentro os podéis imaginar qué leches sucedió. Resulta que era el garito de un amigo suyo y ambos me esperaban dentro ansiosamente. “Qué bien, una fiesta para mí”, les comenté de buena gana, seré un cabrón, pero soy educado, segunda cagada. Por desgracia ellos no lo eran y a la primera de cambio me atizaron en las rodillas con un palo de madera, tal vez un taco de billar o una escoba, yo qué sé. Luego el tipo del bar se marchó con otros cuatro matones y nos dejaron al gordo y a mí solos enfrente de la barra, vamos, lo que yo llamo una velada romántica.
Como dije, me abrieron la cabeza con una botella de whisky. El licor me llegó a los labios mezclado con sangre, pero lo peor no era su sabor sino el escozor que me producía en los ojos. Él me tenía agarrado por el pelo y tiraba de mí hacia atrás, todo esto yo de rodillas sin sentir nada de mis pelotas para abajo. Me sacudió bien fuerte y varias veces con la culata del arma, y en una de ellas me desplomé al suelo perdiendo casi el sentido. Una vez que has recibido tantas palizas desarrollas una habilidad que te permite no perder el sentido a costa de sentir un dolor extremo, es como si en una partida de videojuego en vez de morir te quedases con 1 de vida. Así estaba yo, con la barra vacía y a punto de comerme el game over, tercera cagada.
Lo increíble fue que saqué fuerzas de flaqueza y al incorporarme (seguía sin sentir las piernas), le di en la barbilla con la cabeza. Creo que me hice yo más daño que él, pero lo que importa es que conseguí desequilibrarle y forcejear con él por el control del arma.
Después sonó un disparo que retumbó en todo el condenado bar. Podéis imaginar quién disparó a quién si tenéis en cuenta que ahora mismo estáis hablando con un ser vivo y no con un muerto, capullos. Luego lo típico, asusté a los otros tipos del bar que habían vuelto a la sala para recoger mi cadáver pero en vez de eso tuvieron que sufrir la paliza de su vida. La policía llegó, se llevaron a todos en tres furgones (el gordo no había muerto porque le disparé en la pierna) y a mí me dieron una manta cutre de esas que preservan el calor y una palmadita en la espalda.
Esta mañana me ha llamado el comisario para darme las gracias. Por supuesto yo le he colgado sin no antes mandarle a tomar por el puto culo.

Ja. genial.
buena con la musica.