Hace unos días se ha estrenado la última película de Tarantino. Yo no iba a ser menos; os presento mi particular visión de los spaghetti westerns adaptados a los tiempos urbanos que vivimos.
Foto por Brandon Christopher Warren
Errol era un tipo tranquilo y pacífico. Gustaba de fumarse un cigarrillo en la parada del autobús mientras observaba a la gente subir y bajar una y otra vez, nunca se cansaba. De vez en cuando salía por la noche a tomar unas cervezas en compañía de su soledad, y cuando estaba muy desfasado entablabla conversación con una mujer, de la talla y peso que fuera, la primera a mano.
Pero aquel era el Errol sobrio, el Errol sin perturbaciones mentales ni problemas de personalidad. El más mínimo contratiempo podía sacar de sus casillas a nuestro tipo, sumiéndole en una endiablada espiral de muerte, sangre y plomo. Cuando su cabeza pasaba a la otra dimensión, cuando ya no distinguía entre el valor de una bolsa de golosinas y una vida humana, era cuando desenfundaba su Beretta M92 y decía buenos días al mundo, bueno, más bien buenas noches, porque ver a Errol pistola en alto es lo mismo que ver lo último en tu penosa vida.
Cuando a Errol se le cruzaban los cables, ya fuera por cualquier nimiedad como que se le desaten los cordones, encontrar una mancha en su vaso de cerveza, o que el día tenga más nubes de las que su gusto pondría en el cielo, el Departamento de Policía echaba a temblar. Un mal día para Errol era un mal día en la vida de un poli de ciudad. Ambos hechos eran sinónimos tan universales como que se caga para fuera.
Aquella noche pertenecía a un día malo. Para todos.
El motivo es lo de menos, lo que importa cuando Errol tiene los cojones hinchados es quién y cuántos están por delante. No es lo mismo matar a cuatro pandilleros por los que nadie llorará, que veinte guardaespaldas federales, un alcalde y dos senadores. Cualidad y cantidad, he ahí la cuestión de todo.
Aquella noche la cualidad era lo que a Rocco Siffredi su pene, y la cantidad lo que la cerveza a una universitaria en celo. Leches, me refiero a que aquella noche Errol mató un huevo y parte del otro de gente VIP.
Comenzó bañando en sangre un restaurante de lujo del centro, el más apreciado por todos aquellos que tenían una entrada en la Wikipedia. Pasó por el plomo de su automática a más de cuarenta personas, incluyendo inocentes comensales, camareras y cocineros. Por supuesto también a los federales y políticos. Decir que Errol tiene suerte es quedarse corto. Si alguna vez te lo encuentras en una callejón oscuro y portas un arma de fuego, ni lo intentes. Simplemente tus balas nunca le alcanzarán, por muy buen tirador que seas. En el restaurante había más de veinte guardaespaldas de élite, todos armados y bien entrenados en combate. Errol sólo sufrió un corte en el cuero cabelludo a causa de una botella de Bourbon rota.
Los disparos llenaron durante tres escasos minutos todo el espacio sonoro del local. Allí dentro no existía otra cosa más allá de Errol y su pistola vomitando plomo cuan anoréxica verduras a la plancha. Uno, dos, tres, cuatro… ya se cansaba de contar los tiros en la cabeza que encadenaba sin fallar. La gente asustada se escondía debajo de las mesas donde habían estado pasando una agradable velada apenas unos minutos atrás, pero la pena es que nunca nadie les dijo que por muy caras que fueran aquellas mesas de madera noble de cerezo, las balas de núcleo de plomo recubierto de latón (como las que usaba Errol, qué casualidad), podían atravesarlas con facilidad.
Pronto, el suelo quedó pringoso y brillante.
Una vez terminó dentro, tuvo que negociar con media comisaría distrito Centro en la calle. No hace falta decir que “negociar” para Errol significa medir el tamaño de tu pistola. La de él era pequeña pero traviesa. El tamaño no importa, es de gilipollas, lo juro. El tipo del megáfono, seguramente un inspector novato recién salido de la academia, gritaba a pleno pulmón por la rendición de nuestro amigo Errol. No pasaron ni cuatro segundos cuando una bala atravesó el megáfono y posteriormente su garganta. Cuando el aparato cayó al suelo todavía se podía escuchar el gorgoteo de su faringe agujereada ahogándose en su propia sangre. Todo ello amplificado, por supuesto.
Después se sucedieron los tiros, las muertes y los coches en llamas. Eso de que un coche no explota cuando se le dispara es mentira. Si sabes dónde apuntar y con qué munición disparar es pan comido. Por supuesto, Errol también gustaba de usar munición incendiaria.
En total fueron treinta y cinco policías muertos, más siete peatones desafortunados.
Cuando todo acabó hacia las cuatro de la madrugada, Errol regresó a su apartamento en los barrios bajos de la ciudad. Pulsó el botón del ascensor de muy mala gana y esperó a que una de las dos puertas metálicas se abriera. Ding. Se abrió la de la derecha. Mala suerte. Aquella tarde después de comer, cuando se disponía a bajar la basura, Errol pensó que estaría bien que se abriera la puerta del ascensor de la izquierda.
Pero no fue así, dando lugar a otra mala noche para todos.
Ahora tendría que sacar la basura en un restaurante de lujo, no me preguntéis porqué.

Me gusta, como casi todo lo que escribes, pero últimamente te estás centrando en cosas muy oscuras no? hace falta algún relato como el de la chica del autobús o la chica del tren y los valles floreados…
Me alegro de que por fin te hayas decidido a comentarme algo xD Siempre es de ayuda que la gente conocida te exprese sus opiniones (y no sólo por el MSN
La verdad es que no podía dejar pasar esta oportunidad, quiero decir; Tarantino estrena “Malditos Bastardos” y yo me veía obligado a a seguirle el “juego”.
Después de todo, la novela negra es mi terreno natural. La muerte creo que es donde mejor me desenvuelvo xD