Ojos hambrientos
by shimohira
Por culpa de un pequeño accidente doméstico, esta mañana me he visto sin mi libro de lectura (el cual he podido recuperar a la hora de comer), por lo que me he visto en la imperante necesidad de coger otro libro para matar el rato (si no leo por las mañanas no soy persona, como los viejos si no van al cuarto de baño). Así que tras muchos años de separación, me he vuelto a encontrar con mi querido E. Allan Poe (mira que adoro sus cuentos, pero hacía años que no leía ninguno).
Ya os imagináis de qué va el cuento de hoy, ¿no?
El día de mi mudanza fue, sin duda, un acontecimiento singular y extraño en mi vida. Los hechos que les voy a narrar sin mayor pretensión que la de divulgar lo acaecido, son de una naturaleza tan misteriosa que aterraría al más bravo de nuestros soldados, quien con gallarda valentía aseguraría que el relato le deja indiferente cuando sus temblorosas rodillas y su sudorosa frente reclaman lo contrario. Como les decía, todo sucedió el día en el que me mudé desde el barrio de Tiny Hill a Crimson Peak Street, sin duda un cambio muy positivo para mi negocio pues por entonces, llevaba mi propio bufete de abogados.
Era un piso amplio y muy luminoso, de una belleza sublime con un estilo muy sofisticado. Es difícil explicarlo, pues su decoración (escogida por el antiguo dueño), era simple pero completa a la vez, todo colocado al detalle sin dejar opción a ningún añadido más. Tenía la sensación de que si introducía alguno de mis viejos muebles rompería el hechizo que el antiguo dueño me había legado, así que decidí vender todos mis muebles a una casa de subastas.
El sitio era perfecto. Además de las habitaciones de típico uso para una vivienda, disponía de un gran estudio donde podría llevar mi negocio. Sin demora alguna y desde el primer momento, me instalé con mucho entusiasmo y trabajé las primeras semanas con mucha ilusión. Las fuerzas renovadas por el cambio se reflejaban en los ingresos y en poco tiempo adquirí cierto renombre en la zona. ¡Estaba tan contento con la casa y el trabajo que insté a Marie, mi prometida, a venirse conmigo! Todo iba de maravilla… hasta que todo cambió.
La magia del piso que me había hipnotizado desde el primer día, desaparecía a pasos agigantados de repente. Sería la tercera o cuarta semana de establecerme allí cuando sucedió el primer incidente. Estaba yo sentado en el gran sillón de orejas del estudio, disfrutando del aroma de un té indio que un colega me había regalado, cuando noté una presencia a mi alrededor. Marie no estaba en casa (al final accedió a vivir conmigo), y no teníamos ningún animal de compañía más allá de unos monos disecados que me habían traído de Sudáfrica. Estando yo repasando el informe de un caso importante que tenía entre manos, noté como algo me soplaba detrás de la oreja con mucha delicadeza. Lo primero que pensé fue que Marie había regresado sin percatarme yo de ello, sin embargo ella no estaba. Las ventanas estaban cerradas y fuera no parecía soplar nada de aire, pero por algún motivo interno y primitivo, presa de un terror naciente y soterrado en lo más profundo de mi racionalidad, cerré la puerta para que no se repitiese el suceso.
Volvió a suceder pasados dos minutos escasos.
Se pueden reír ahora que se lo cuento, pero les aseguro que la sensación en el momento era de lo más terrorífica. Aquella segunda vez pude notar el aliento de una presencia detrás mía, como si no estuviera solo en el estudio. Mi mente se empezó a distraer fácilmente de la lectura y comencé a percibir bultos a mi espalda. Sí, creo que bultos es lo mejor que puedo definir la situación. Era como cuando sabes que detrás tuya está la estantería y percibes mentalmente el espacio a tus espaldas (y que no ves) como ocupado y lleno. Lo mismo me pasaba a mí. Comencé a sentir un miedo irracional que afloraba de mi interior.
De repente, noté que la taza que me llevaba a la boca estaba completamente fría. El té que había preparado poco tiempo antes se había congelado en el imposible intervalo de diez minutos (si es que llegaban). Mi mano empezó a temblar presa de lo desconocido y derramé el contenido en los pantalones, lo que me permitió sentir el líquido frío y muerto en mis rodillas empapadas. Estuve dando vueltas por el estudio unos cuantos minutos, intranquilo y muy nervioso. Mi estado inquieto no me permitía pensar todo lo claro que deseaba; ¿qué había sucedido exactamente? ¿Qué explicaciones lógicas y racionales existían? Sin embargo, mi mente estaba en un estado de bloqueo total, solamente podía pensar en cosas como ¿qué ha sido esa sensación fantasmagórica? ¿Qué sucede con esta habitación? ¿Qué me va a pasar?
En poco menos de cinco minutos entré en estado de pánico. Pueden pensar que estaba exagerando y llevando demasiado lejos lo que simplemente podría haber sido una corriente externa que se colaba por alguna parte de la casa, pero por alguna extraña razón, mientras estuviese dentro de aquella habitación mi mente permanecería bloqueada y aterrada. Era un miedo más psicológico que de facto. Era un terror que nacía de los tabúes y prejuicios primitivos de mi ser y que afloraba en forma de torrente violento por cada poro sudoroso de mi cuerpo. Sin embargo, y contra toda lógica, era incapaz de salir del estudio. Una fuerza invisible que me castigaba y atormentaba me impedía al mismo tiempo salir, más bien era el efecto contrario; me invitaba a permanecer, y yo sumiso aceptaba.
No tardé en imaginarme que los ojos de los retratos me miraban, todos a la vez y clavándose en mi alma como dagas ardientes. ¡Hasta el retrato de la tía Emma me sonreía cuando siempre me había odiado! Todo en aquella habitación me parecía extraño. Los bonitos muebles que decoraban el piso nuevo se habían tornado en siniestras figuras de madera sacadas del mismísimo patíbulo. Tres clavos aparecieron clavados en el escritorio de cerezo, tres clavos ensangrentados con muescas profundas por el uso. Cada vez más sentía aquella habitación llena, ocupada, habitada…
Supongo que mi corazón estaba al borde del colapso, y mis ojos fuera de sus órbitas cuando lo vi. Los monos disecados que en su día me habían regalado ya no estaban en su pedestal. Por arte de magia (o brujería), habían desaparecido cobrando vida, porque otra explicación no me cabe. La puerta permanecía cerrada y no se había abierto ni un mísero milímetro desde que la cerré con mis propias manos. Las ventanas presentaban el mismo estado que la puerta. Pero los monos no estaban.
Como un loco rebusqué en todos los cajones y armarios en busca de los animales. Realmente, la razón me decía que era mejor no encontrarlos, porque de otra forma significaría que algo terrorífico estaba sucediendo, empero, el miedo primitivo de mi alma me movía una vez más. Estaba poseso por la situación y no controlaba mis actos. Destrocé medio estudio y los monos seguían sin aparecer. Los retratos seguían espiándome desde sus marcos.
Sin ningún tipo de razón, algo me empujó a salir al rellano. Supongo que fue la misma fuerza que minutos atrás me retenía con implacable eficiencia en el interior de tan aterrador estudio. Lo que divisé a dos pasos de la puerta quedó grabado en mis retinas. Todavía hoy, tres años después, cuando cierro los ojos veo la silueta de Marie muerta en el suelo. Un gran charco de sangre descendía escaleras abajo con un goteo pausado y calmado. Sobre su cadáver los monos me sonreían con malévola dentadura minúscula. En sus ojos percibí el odio más profundo que había conocido hasta el momento.
Después de aquello me desperté en el escritorio de mi estudio. Todo estaba en orden y las presencias invisibles habían desaparecido. Todo volvía a ser como las primeras semanas felices en la nueva vivienda. Aliviado de que todo había sido un sueño me tiré al sillón de orejas para descansar, pero poco tiempo después me sobresaltó la policía al aporrear la puerta de casa. Marie había sido hallada muerta en el río. La autopsia posterior al crimen, informó de que su cuello presentaba numerosos mordiscos de mandíbulas pequeñas, lo que sin duda había hecho perder mucha sangre a la víctima. El forense me comentó que parecían de un mamífero de pequeño tamaño, como un gato o una rata grande, sin embargo, se parecían mucho a las mordeduras de los primates africanos, opción que racionalmente desechó porque ningún zoológico había dado la voz de fuga animal. Sin embargo para mí esta frase supuso el comienzo de mi calvario.
Al regresar a casa, afligido y derrotado por la muerte de mi amada, me di a la bebida como nunca antes lo había hecho.
Los retratos me miraban mientras me ponía ebrio.
Los malditos monos no paraban de sonreír.

Comentarios
[...] tal manera que ya podéis leer Ojos hambrientos en [...]
No es de los temas que mas me agrada, pero es necesario de vez en cuando un cambio de tema.
Por cierto, ¿como va ese libro?
Estoy ansioso porque lo termines y poder leerlo.
sal2
El libro… bueno, digamos que ahí está jajaja.
Tengo un buen tema, una buena trama y avanzo poco a poco, sobre todo porque no tengo tiempo entre concurso y concurso (todas las semanas estoy escribiendo para dos concursos mínimo), el blog y otras aficiones.
Espero poder dedicarle más tiempo en los sucesivos meses, y luego lo difícil; encontrar editorial que la publique
Espero que lo termines pronto y que encuentres una editorial que te lo publique.
Mucha suerte tambien para los concursos.
Gracias
Yo espero que tarde o temprano caiga algún premio, pero nunca se sabe.