<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Meta-Relatos &#187; II Guerra Mundial</title>
	<atom:link href="http://www.metarelatos.com/tag/ii-guerra-mundial/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.metarelatos.com</link>
	<description>Microrrelatos como metarrelatos. Construcciones como subversiones.</description>
	<lastBuildDate>Sat, 04 Feb 2012 13:23:59 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.3.1</generator>
		<item>
		<title>Cuando todo vale un pensamiento</title>
		<link>http://www.metarelatos.com/belico/cuando-todo-vale-un-pensamiento/</link>
		<comments>http://www.metarelatos.com/belico/cuando-todo-vale-un-pensamiento/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 16 Feb 2010 23:11:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>shimohira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Bélico]]></category>
		<category><![CDATA[decisiones]]></category>
		<category><![CDATA[honor]]></category>
		<category><![CDATA[II Guerra Mundial]]></category>
		<category><![CDATA[valentía]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.metarelatos.com/?p=2825</guid>
		<description><![CDATA[Siempre me gustaron las historias donde la tragedia ondea libre al viento. Vamos allá. Sus pasos resuenan huecos en la dura piedra de la torre. Baja los escalones de tres en tres y las piernas comienzan a temblarle de cansancio. El casco siempre le quedó algo grande, una enorme bellota<a href="http://www.metarelatos.com/belico/cuando-todo-vale-un-pensamiento/">&#160;&#160;[ Read More ]</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Siempre me gustaron las historias donde la tragedia ondea libre al viento. Vamos allá.</p></blockquote>
<div class="wp-caption aligncenter" style="width: 510px"><a href="http://www.flickr.com/photos/grrphoto/273616417/sizes/m/"><img title="Humo" src="http://farm1.static.flickr.com/96/273616417_b4a0f13828.jpg" alt="" width="500" height="333" /></a><p class="wp-caption-text">Foto por R&#39;eyes</p></div>
<p><span id="more-2825"></span></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="353" height="132" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.goear.com/files/local.swf?file=d496604" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="quality" value="high" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="353" height="132" src="http://www.goear.com/files/local.swf?file=d496604" quality="high" wmode="transparent"></embed></object></p>
<p>Sus pasos resuenan huecos en la dura piedra de la torre. Baja los escalones de tres en tres y las piernas comienzan a temblarle de cansancio. El casco siempre le quedó algo grande, una enorme bellota verde sobre el cráneo, pero ahora es cuando más lamenta no haber pedido uno más pequeño a Intendencia. Los gritos comienzan a ser cercanos cuando alcanza el cuarto nivel, el segundo más alto.</p>
<p>Una explosión hace temblar la torre y de los escalones que techan su cabeza se desprenden pequeñas piedras comidas por los años. Más gritos y olor a carne quemada. Un silbido estridente le besa la oreja impactando directamente en el ventanuco que queda a sus espaldas. Siente la madera astillarse y crujir en una sinfonía rota por el plomo. Agarra su fusil y corre el cerrojo introduciendo una bala lista para hacer su trabajo. Apunta al espacio indefinido de una escalera en caracol vacía, desciende peldaño por peldaño como si el tiempo se hubiese quedado estancado en aquellas piedras milenarias. Otro silbido, esta vez le rasga la pernera caqui.</p>
<p>Por delante el rostro inexpresivo de un joven enemigo le mira confuso a los ojos. Sabe a quién tiene que matar pero no comprende el por qué. Con los años él ha aprendido el mecanismo de los engranajes que giran la gran máquina de la guerra, y por ello sabe que su vida depende de si mata o no a aquel joven muchacho. La elección no es fácil pero sí mecánica. Aprieta el gatillo y el resto es historia. De la boca del fusil una flor de fuego escupe con rabia el metal que atraviesa la piel y carne del muchacho, seguramente perforando algún órgano vital para darle una muerte lenta y agónica pero segura. Él se limita a no mirarle más porque sabe que le dejará huella, pasa por encima del cuerpo que se retuerce mientras forma una pequeña cascada escarlata.</p>
<p>Por fin llega al primer vestíbulo en el tercer nivel y lo que ve no le gusta mucho más de lo que acaba de experimentar. El gran salón de banquetes está dividido en tres sectores bien diferenciados; por una parte la puerta que da al segundo nivel y por donde llegan continuamente refuerzos enemigos. Enfrente de la puerta han tirado las enormes mesas de madera de roble para formar una perfecta barricada. El tercer y más lastimoso sector es una pequeña esquina cerca de donde está él, allí se parapetan los cuatro compañeros que le quedan con vida.</p>
<p>Una granada rueda a sus pies con un tintineo muy poco común. Se para al chocar con su bota y de una patada la manda por donde ha venido. La explosión le obliga a cubrirse detrás de una columna de piedra picada por los impactos de bala. El sudor le recorre el cuello y se pierde en su pecho sucio donde el corazón bombea sangre incesantemente al cerebro para poder planificar el próximo movimiento. Se asoma y dispara. El retroceso del arma le golpea el hombro produciéndole un dolor relampagueante por toda la espalda. Con manos temblorosas vuelve a correr el cerrojo. El casquillo humeante sale disparado al suelo con una pequeña parábola delicada que deja en su trayecto el humo suspendido unos microsegundos. Vuelve a disparar, un hombre cae muerto detrás de las mesas.</p>
<p>Al otro lado de la columna y a no más de seis metros, sus compañeros intentan sobrevivir a una rabiosa oleada de plomo y fuego. Tienen como cobertura un par de sillas que empiezan a quedar hechas serrín y una mesa pequeña que amenaza con partirse en dos dentro de poco. Si no actúa rápido ellos morirán, aunque nada ni nadie garantiza que él no lo haga también. En el otro lado del comedor habrá como mínimo diez enemigos, o eso piensa él, y en un momento de ceguera racional decide calar la bayoneta. El filo de la cuchilla reluce con la poca luz solar que entra por los ventanales destrozados, pero lo hace lo suficiente como para revivir la llama del coraje que alberga en su pecho.</p>
<p>Les hace una señal a sus amigos. Es ahora o nunca. Ellos comprenden y proceden igual con sus bayonetas. Se miran por última vez a los ojos; es una mirada sincera y amistosa, cargada de tintes cariñosos y emociones pasionales que se escapan al entendimiento del hombre urbanita. Las sonrisas de complicidad no pueden evitar dibujarse en la comisura de sus labios.</p>
<p>Están dispuestos a ganarse un lugar entre los valientes. Sus nombres serán recordados en monumentos de la capital y sus hazañas serán cantadas en las canciones de marcha militar que sus jóvenes sucesores cantarán de camino a los campos de batalla. Su honor volará sobre los actos impuros de la crueldad humana y atravesarán los valles tenebrosos con la reluciente luz de sus bayonetas caladas.</p>
<p>Cinco hombres salen de su escondite desafortunado gritando y rasgando el aire en una ensordecedora declaración de gallardía. Las balas se detienen durante un segundo estupefactas por lo inpensable de su acto. Cinco hombres corren hacia el honor y cinco hombres caen desplomados bajo una cortina de plomo explosivo.</p>
<p>Sus cadáveres calientes humean en el salón ahora en calma. En sus miradas todavía está viva la llama del honor.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.metarelatos.com/belico/cuando-todo-vale-un-pensamiento/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Verdes colinas escarlatas</title>
		<link>http://www.metarelatos.com/verso-libre/verdes-colinas-escarlatas/</link>
		<comments>http://www.metarelatos.com/verso-libre/verdes-colinas-escarlatas/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 16:52:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>shimohira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Bélico]]></category>
		<category><![CDATA[Verso libre]]></category>
		<category><![CDATA[Guadalcanal]]></category>
		<category><![CDATA[II Guerra Mundial]]></category>
		<category><![CDATA[Pacífico]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.metarelatos.com/?p=2601</guid>
		<description><![CDATA[Ya sabéis que la guerra me fascina. No es que sea un tipo bélico ni conflictivo, simplemente entiendo que el conflicto humano es algo per se, natural en nuestra condición social y por ello me atrae, tanto académicamente desde la carrera que hago como desde el punto de vista literario.<a href="http://www.metarelatos.com/verso-libre/verdes-colinas-escarlatas/">&#160;&#160;[ Read More ]</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Ya sabéis que la guerra me fascina. No es que sea un tipo bélico ni conflictivo, simplemente entiendo que el conflicto humano es algo per se, natural en nuestra condición social y por ello me atrae, tanto académicamente desde la carrera que hago como desde el punto de vista literario. Por eso os dejo un relato que he escrito hoy inspirado en la Guerra del Pacífico y que tiene cierto toque poético. ¿Adivináis qué batalla es?.</p></blockquote>
<div class="wp-caption aligncenter" style="width: 511px"><img class="  " title="Marines" src="http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a8/Marines_rest_in_the_field_on_Guadalcanal.jpg" alt="Foto de Wikipedia" width="501" height="406" /><p class="wp-caption-text">Foto de Wikipedia</p></div>
<p><span id="more-2601"></span></p>
<p>La colinas son de suaves pendientes y están alfombradas con mullida hierba verde salpicada por numerosas flores de color blanco inmaculado; margaritas, como dijo un soldado una vez. Cincuenta hombres mal uniformados caminaban con cierta parsimonia, ahora solamente diez respiran y con dificultad. El fuego de la ametralladora reluce en fragmentos espinosos que forman un lucero puntiagudo; luz mortífera que deja a los hombres dormidos sobre la hierba.</p>
<p>De entre los diez desgraciados uno es el sargento Foley, hombre del norte de California y muy escéptico para con la muerte. Cree, o piensa, que la muerte está sobrevalorada, que no da tanto miedo ni puede ser tan mala, después de todo él es un marine de China. Ahora, rodeado por los cadáveres de los hombres con los que rió, bebió, fumó y durmió, siente que la piel le comprime los músculos y estos los órganos, los huesos se le astillan y su corazón deja de latir.</p>
<p>Sopla la brisa y levanta el aroma de la sangre. De los diez que respiraban ahora quedan dos.</p>
<p>El sargento Foley corre instintivamente hacia un lado cualquiera y con el rabillo del ojo ve cómo la ametralladora sigue sus pasos a un ritmo mucho mayor que el suyo, levantando pequeños montoncitos de tierra y hierba desmenuzada que se acercan cada vez más a sus talones. Un tronco caído le parece un regalo del Cielo y se lanza tras su compacto resguardo, en pocos milisegundos le llueven astillas podridas sobre el rostro.</p>
<p>El otro hombre vivo, un fulano de la Bravo 2-1, está parapetado sin salida en un desnivel del terreno, donde las balas pasan silbando a milímetros de su cabeza.</p>
<p>Entre ellos no hay más de veinte metros, pero lo más notable son los 48 hombres mutilados en esa corta distancia, ocupando el espacio, luchando inertes por cada palmo de terreno. La sangre comienza a descender por la colina como un río escarlata, denso y espeso como crema de caramelo.</p>
<p>El sargento Foley experimenta el miedo por vez primera.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.metarelatos.com/verso-libre/verdes-colinas-escarlatas/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Lágrimas sobre el mar</title>
		<link>http://www.metarelatos.com/belico/lagrimas-sobre-el-mar/</link>
		<comments>http://www.metarelatos.com/belico/lagrimas-sobre-el-mar/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 16 Sep 2009 22:59:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>shimohira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Bélico]]></category>
		<category><![CDATA[II Guerra Mundial]]></category>
		<category><![CDATA[paracaidistas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.metarelatos.com/?p=2241</guid>
		<description><![CDATA[Muchos conocéis mi modus operandi a la hora de escribir muchos de mis relatos; cojo una pieza musical o una fotografía, la escucho (o la miro, según el caso), y me pongo a improvisar en función de todo el espectro de sentimientos y emociones que me evoca la fuente en<a href="http://www.metarelatos.com/belico/lagrimas-sobre-el-mar/">&#160;&#160;[ Read More ]</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Muchos conocéis mi <em>modus operandi</em> a la hora de escribir muchos de mis relatos; cojo una pieza musical o una fotografía, la escucho (o la miro, según el caso), y me pongo a improvisar en función de todo el espectro de sentimientos y emociones que me evoca la fuente en cuestión. El otro día, y en esta línea, decidimos mi amiga Rocío y yo establecer una &#8220;alianza&#8221;, ella como fotógrafa que es y yo como intento venido a menos de escritor de éxito. El resultado será una serie de relatos fotográficos. Disfrutad el primero de, espero, muchos.</p>
<p>Por cierto, la canción que he seleccionado es demasiado corta para todo el relato, así que dadle al botón de &#8220;repetir&#8221; o simplemente volved a reproducidla cuando acabe.</p></blockquote>
<p><span id="more-2241"></span></p>
<div class="wp-caption aligncenter" style="width: 510px"><img class="        " title="Foto de Rocío García" src="http://farm3.static.flickr.com/2443/3926587533_593a2bfa2d_b.jpg" alt="Foto de Rocío García" width="500" height="322" /><p class="wp-caption-text">Foto de Rocío García, click para agrandar</p></div>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="353" height="132" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.goear.com/files/external.swf?file=cfc16b0" /><param name="wmode" value="transparent" /><param name="quality" value="high" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="353" height="132" src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=cfc16b0" quality="high" wmode="transparent"></embed></object></p>
<p>Nos lanzaron en paracaídas una noche cálida de agosto, cuando los días son muy largos y las noches parecen no tener prisa alguna por imponer su oscuridad. Un día antes por la radio, el parte del frente informó de presencia alemana en la costa septentrional donde habían fortificado cada palmo de arena en la playa. Los pequeños pueblos de pescadores humildes, servían de refugio para los soldados invasores a la vez que una buena fuente de alimento y demás víveres. Nuestra misión como ciudadanos franceses era acabar con el abuso y la tiranía de los nazis de una vez por todas. Qué equivocados estábamos.</p>
<p>El descenso fue de lo más tranquilo. No vi ni una sola bala trazadora cuando salté de mi avión, tampoco vi aviones en llamas o paracaídas desgarrados como lo haría unas semanas después, fue un salto muy relajado. La intención era sencilla: el 2º, 3º y 4º Pelotón de milicianos saltaríamos por la tarde gracias a la logística británica, mientras que por tierra, fuerzas de la 2º División Mecanizada iniciarían un ataque frontal en las líneas de abastecimiento enemigo, dando como resultado una simple maniobra de escorpión. Teníamos que cubrir a pie un poco más de diez kilómetros, precauciones que el Comandante creyó necesarias, pero la realidad estaba muy lejos de los planes del gabinete.</p>
<p>- Realizaréis un salto bajo y aseguraréis la zona denominada como <em>Champ</em>. No encontraréis fuerzas alemanas hasta la zona <em>Chaud</em>, donde algunos chicos de la 2º División Mecanizada ya estarán repartiendo plomo y fuego cuando lleguéis -recuerdo que nos dijo el Comandante minutos antes de subir al avión.</p>
<p>Como dije, la realidad que dibujó el Comandante en sus planes era muy distinta.</p>
<p>El primer encuentro se produjo a escasos metros de nuestro punto de salto, diez minutos después de haber recogido la lona de mi paracaídas. Nos dimos de bruces con una compañía entera de infantería alemana. Nos doblaban en número y no pudimos hacer mucho para mantenernos con vida. Tomamos posiciones en un pequeño bosque que había junto a un camino de pastores, y desde allí, avanzamos bajo fuego enemigo hacia la zona <em>Chaud</em>. Recuerdo como mis compañeros caían lentamente a mi lado, alcanzados por sibilantes balas invisibles que rozaban nuestros cascos y terminaban estrellándose en el tronco de algún árbol, produciendo un sonido seco y hueco a la vez que me lanzaban astillas a los ojos. Allí perdí a los mejores compañeros que tuve durante la guerra.</p>
<p>Milagrosamente algunas escuadras conseguimos atravesar las líneas alemanas y llegamos a campo abierto, a pocos kilómetros del frente. Nuestro servicio de inteligencia había cometido un gran error al creer que no habría apenas resistencia, y desde luego tres pelotones no podían hacer nada en el panorama que nos encontramos (después, uno de los chicos que salieron con vida de la 2º Mecanizada me contó que el frente fue un infierno, que les estaban esperando varias compañías alemanas en posiciones defensivas). Sin embargo, algunos acabamos perdidos en aquella trampa mortal.</p>
<p>Alain, un tipo de otro pelotón, y yo, acabamos en un pequeño pueblo rural más allá del bosque. Nos debimos desviar a la salida del bosque, y ahora con retrospectiva no me parece nada raro. El pueblo estaba formado por apenas diez casas de piedra y madera y un par de calles de tierra sin pavimentación alguna. Allí, el estruendo de la emboscada no penetraba nuestros oídos como lo hacía dentro del bosque, era una sensación muy extraña, como si toda aquella paz desentonase con el paisaje que se abría ante nosotros; el mar. A lo lejos una explosión nos recordó dónde estábamos. Avanzamos dando un rodeo a las casas y siempre en carreras pequeñas, uno detrás del otro para cubrirnos mutuamente en caso de ataque.</p>
<p>- ¿Te llamas Dómine, no? -me dijo cuando nos parapetábamos tras una roca casi a pie de playa-. Yo soy Alain, encantado, aunque no es el mejor momento para presentaciones. ¿Sabes dónde estamos? Creo que nos hemos desviado demasiado al oeste, tenemos que encontrar la forma de volver con los demás.</p>
<p>Ambos pensábamos en nuestro desgraciado futuro si nos encontrábamos con un pelotón alemán. Para colmo, yo había perdido mi fusil en la carrera dentro del bosque, así que iba con la pistola reglamentaria desenfundada, de la cual solamente tenía dos cargadores; el puesto y uno de reserva.</p>
<p>- Mira -continuó él-, creo que lo mejor que podemos hacer es llegar hasta aquel cabo del fondo. Desde allí tendríamos que poder divisar nuestro ataque y podríamos flanquear la retaguardia de los <em>boches</em>. Qué te parece.</p>
<p>- A mí cualquier cosa para salir de este estercolero me parece buena idea -contesté.</p>
<p>- Entonces en marcha.</p>
<p>No tardó ni un segundo en desplomarse cuando se levantó para iniciar la marcha. Cayó al suelo en un silencio aterrador mientras se tapaba el cuello con violenta insistencia. Desede la herida abierta, su sangre salpicaba mis botas y Alain solamente conseguía emitir un llanto ahogado, tan profundo y lastimoso que desgarró mi alma para siempre. Yo me agaché sin saber qué hacer cuando un segundo disparo acertó en la roca a mi lado, desprendiendo esquirlas que me magullaron las mejillas. Comprendí que no podía acercarme a Alain porque estaba en el campo de visión del francotirador, así que sintiendo más pena por el hecho de no poder ayudar a un compañero que por su muerte, tuve que esconderme con el rabo entre las piernas. Aquella impotencia me marcó para el resto de la guerra, y tuve que presenciar su muerte sin poder mover ni tan siquiera un músculo.</p>
<p>Para cuando Alain dejó de temblar espasmódicamente, rendido ante su cuello desgarrado en un gran agujero que no dejaba de sangrar, yo me percaté de que tenía mojados los pantalones. El sol se ponía en el horizonte y el mar se oscurecía con los colores cálidos del cielo moribundo. Un brisa delicada, terminó de resecar las lágrimas que me resbalan por el rostro y que me sabían amargas en el paladar. Tras un rato de duelo me asomé para ver el posible emplazamiento del tirador, pero en su lugar mi mirada quedó fijada en las nubes que se arremolinaban en espiral sobre el cabo, el cabo que tendría que haber alcanzado junto a Alain, quien murió junto al sol.</p>
<p>Pasé toda la noche en aquellas rocas, con la ridícula esperanza de que la Luna me devolviera la vida de mi compañero.</p>
<p>Solamente me regaló un argénteo reflejo en la superficie de la mar, a juego con mis lágrimas. Una parte importante de mí se quedó para siempre en aquella playa.</p>
<blockquote><p>Nota del autor; aunque claramente el relato se enmarque dentro de la II Guerra Mundial, los hechos narrados son de mi invención, así que desconozco si se produjo algún ataque francés semanas antes del Día D en tales condiciones.</p></blockquote>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.metarelatos.com/belico/lagrimas-sobre-el-mar/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>3</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

