Hay un sueño que me persigue muchas noches y decidí dedicarle un free verse en el blog a parte de un cuento corto, de esos que me da por escribir cuando me da la vena. ¿Nunca os habéis planteado lo penoso de la vida?
La manta como tranta y la cama como pasto en llamas,
mojo sino sudo el pijama de rayas.
La almohada como pedestal de aquel orbe preciado que
siendo finito hasta lo infinito nos ha llevado.
Y es que los sueños sueños son y la vida sueño es.
El día se torna oscuro en la noche del conocer.
Dulce sueño plácido descanso, simulacro de lo no actuado.
Con los ojos cerrados, la mente y el alma te llevan de la mano.
Viajar a mundos desconocidos donde nunca antes has estado,
conocer gente que sin embargo, antes habías tratado.
Abres los ojos, empapado en sudor, un mal sueño no es de perdedor,
respiras profundo inhalas oxígeno, algo crece rápido en el intestino.
La boca se expande desgarrando los labios,
¡qué haces muchacho, te florece un árbol!
Crece rápido y se alza en los cielos, la cabeza por el peso
termina reposando tierra adentro. Giro de nuca imposible,
las raices han brotado por las narices, tanteando la tierra
que cortan con afilados dientes de sierra.
Esta es la historia de un chico, que de su boca no salió un circo,
si no un árbol que floreció y la angustia a su cabeza llevó.
Más no es un árbol feo pues tiene flores y no de atrezo,
robustas ramas salvajes que algún día serán papel para mensaje.
El color difuminado blanco y negro como el pasado, dibuja los trazos
de lo que hoy, señor mío, es un gran árbol.